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	<title>Lóbregos Tiempos Medievales</title>
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	<description>Y otros cuentos por Mauro Francisco Cáseres.</description>
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		<title>Novocaína</title>
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		<pubDate>Mon, 09 May 2011 17:27:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mauro Francisco Cáseres</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Caminaba por la calle Defensa hasta llegar a la Plaza de Mayo, ese epicentro de conocimiento tan público pero impregnado de una esencia tan oculta como los caóticos que escondidos tras la oscuridad del viejo barrio de Montserrat, crean la mística que atrae a las masas hasta ese lugar, como un templo de culto, como [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=lobregostiemposmedievales.wordpress.com&amp;blog=7694832&amp;post=114&amp;subd=lobregostiemposmedievales&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Caminaba por la calle Defensa hasta llegar a la Plaza de Mayo, ese epicentro de conocimiento tan público pero impregnado de una esencia tan oculta como los caóticos que escondidos tras la oscuridad del viejo barrio de Montserrat, crean la mística que atrae a las masas hasta ese lugar, como un templo de culto, como un altar de adoración… como una plaza del caos donde todos rinden ovaciones a la ira y el desastre mientras esos que danzan en las sombras de Montserrat, esos sátiros profanos, se deleitan con el devenir de los infantes fijando las barricadas en el segundo antes de la oleada proletaria, en el segundo antes de que abandonen su escondite de edificios y bocas de subte aquellas banderas estalinistas traídas por desnutridos portaestandartes; en el segundo antes de que la sobredosis lleve a esos bárbaros de pañuelos rojos en la boca a desatar su cólera e invocar… a aquellos sátiros del viejo barrio de Montserrat.</p>
<p style="text-align:justify;">Llegué a esas ruinas donde entre ex combatientes y palomas que me cercaban el paso haciendo juego con las barricadas de la Policía Federal, me tropezaba con mis piernas e intentaba vanamente alzar mi cabeza por entre la multitud tanto para respirar un aire más fresco, como para poder ver hasta donde llevaba la muchedumbre.</p>
<p style="text-align:justify;">La primavera se alzaba sobre mí despertando mis alergias como cada año, celebrando su ritual de sarpullido dérmico; el calor me estaba calcinando y mi baja estatura en medio de esa multitud me jugaba una mala pasada hasta que por fin llegué a la Catedral donde el mismísimo General Don José de San Martín, descansaba eternamente coronado de glorias y victorias. Me persigné porque, a pesar de lo que pasó el 21 de noviembre pasado, no soy tan monstruo como parezco y sé en el fondo que mi medicina ni mi ciencia podrán jamás igualar la obra divina… pero además de todo, porque sé que de esa me salvó Él y sé que el Padre no es ningún idiota y se dio cuenta desde el primer momento que le estábamos mintiendo.</p>
<p style="text-align:justify;">Por él entré a ese recinto sagrado y le hallé meditabundo entre las figuras religiosas que se elevaban por encima de cualquier capacidad artística; me acerqué, lo saludé con un apretón de manos y me invitó a sentarme. Me ofreció confesión y mal hizo al pensar que podía siquiera repetir ese suceso de forma narrativa, más, la idea de repetirlo en mi imaginación me devoraba por completo y me acorralaba en túmulos aún más lóbregos que esas viejas pensiones de San Telmo con sus persianas cerradas filtrando apenas unos rayitos de luz, envueltas en calor abrumante y olor a humedad y transpiración con nada más que un colchón de sábanas húmedas en el suelo… y aún peor. Desistí de la confesión, simplemente le pedí unos minutos de su tiempo para que podamos hablar, sabía yo que tenía una extraña afición de coleccionar pipas y le obsequié una antiquísima pieza de la más exquisita terminación. Hablamos poco y sólo le dije “Gracias… de verdad, gracias”, a lo que volvió a ofrecerme la confesión. Desistí, él y yo sabíamos que no había perdón alguno para quien desafía a Dios mismo.</p>
<p style="text-align:justify;">
<p style="text-align:justify;">Volví mis pasos y tomé la línea D de subte, el agobiante calor que escupían esos túneles foráneos al mundo de la superficie daba la impresión que llevaban al mismo Infierno, saqué la tarjeta e ingresé. Viajé sentado hasta el hermosísimo barrio de Palermo y ahí hice el trasbordo a la Línea General San Martín de ferrocarril hasta mi casa en la ciudad mimetizada, El Palomar. Por unas monedas había surcado toda la Capital y parte de la Zona Oeste en una hora y media.</p>
<p style="text-align:justify;">A eso de las nueve me telefoneó el Padre, agradeciéndome nuevamente por la pipa y preguntándome cómo me sentía, hablamos un rato y le confesé que la idea en mi cabeza seguía aún cazándome aunque continuaba firme en mi decisión de no comentarlo.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¿Va a llevárselo consigo a la tumba, Dr.? – Me dijo él.</p>
<p style="text-align:justify;">- Posiblemente, no sé, no encuentro las palabras para contarlo, no va a ser creíble, no quiero perder mi carrera por…</p>
<p style="text-align:justify;">- Cuénteselo a usted mismo Dr., ¿No tiene un diario, una bitácora, algo? – Su tono compasivo despertó cierta ternura inusual en mí – Crea en las casualidades, que yo justo haya estado en esa Iglesia y no en la Catedral es por algo, Dios me ha enviado a curar ese mal, no todos los curas estamos autorizados a hacer lo que yo hice, requiere mucho estudio. – Y repitió &#8211; ¿No tiene una bitácora?</p>
<p style="text-align:justify;">- Si, si la tengo – Le respondí. Y el resto de la charla es intrascendente.</p>
<p style="text-align:justify;">
<p style="text-align:justify;">Todo empezó el pasado 21 de noviembre cuando comenzamos la utilización del Paquete de Estimulación C17, una de mis últimas invenciones químicas. Nos encontrábamos en el cuarto de mi alquiler mi asistente, Sujeto y yo… cabe aclarar que Sujeto era un nombre genérico y si bien era una persona… estaba muerta.</p>
<p style="text-align:justify;">Era un masculino de unos 40 años en la flor de la vida, murió por asfixia al inhalar monóxido de una vieja estufa, aunque nunca entendí para qué la habría usado en primavera. Era alto y corpulento y estaba en un buen estado general, excelente a mi criterio, fresco y listo para la experimentación.</p>
<p style="text-align:justify;">Recordé a cada momento aquella historia de Herbert West, el reanimador y su premisa de la frescura máxima de los cuerpos como necesidad primordial para la reanimación y basándome en lo que parecía un relato fantástico de Howard, creé un teorema que llevaba las fronteras que separan los campos de la vida de los desiertos de la muerte, hasta un punto donde era infranqueable.</p>
<p style="text-align:justify;">Lo habíamos quitado del congelador meticulosamente regulado y lo depositamos con hielo seco y baños amoníacos en la bañera para el derretimiento de las posibles formaciones sólidas. Tras unos minutos lo retiramos y acomodamos sobre la mesa de la cocina aprovechando la soledad del lugar y la tranquilidad de la tarde en El Palomar, estiramos sus extremidades perturbadoramente rígidas e higienizamos nuevamente su palidez con alcoholes. Nos ubicamos uno a cada lado de la mesa y le suministramos una jeringuilla de C17, pero al cabo de unos 3 minutos no surtía efecto. Probamos otra del doble de dosis en microgramos, pero quedó inmutable.</p>
<p style="text-align:justify;">Apreté los dientes y los desgasté cual bruxismo, sentí una incontrolable ira y eché una mirada de soslayo a mi asistente para encontrar en sus ojos la mirada más preocupada que pudo esbozar. Tomé decidido una tercera jeringuilla pero apenas lo hube pinchado con toda la furia, sentí su músculo imperceptible pero violentamente contraerse por una fracción de segundo.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¡Lo tengo! – Grité &#8211; ¡Murió por asfixia! ¡Me olvidaba! – Tomé el botiquín que guardaba debajo de la mesa para la ocasión y extraje una ampolla de teofilina. La suministré seguida por dos dosis de adrenalina y una última dosis cuádruple del C17, asumiendo por pérdidas las otras dos equivalentes a tres (La primera dosis, y la segunda doble). No pasó tiempo hasta que frunció el entrecejo y parecía hacer fuerza para cerrar sus párpados más aún de lo que estaban, gesticulaba rápidamente con sus labios y su cabeza daba leves, pero cortos y rápidos cabezazos hacia la izquierda.</p>
<p style="text-align:justify;">Su pecho convulsionaba y de pronto ¡Abrió de par en par sus mandíbulas agitando la lengua con suma violencia! No emitía voz alguna pero podíamos oír los ruidos a gárgaras, esos sonidos guturales, salivares, y el audible por demás sonido de su lengua entrechocando con el paladar y la saliva acumulada en la garganta. Recuperaba su color sonrojado lentamente y cuando quise acercarme me alejó de un manotazo rígido sin doblar la articulación del codo con una fuerza demoníaca, sobrenatural. Mi asistente intentó tomarlo por las piernas pero vio que fue inútil, parecía no moverse de la cintura hacia abajo. Quiso montarlo para retenerlo pero sus brazos firmes como torres eran inquebrantables y continuaba ahogándose y revolviéndose y emitiendo esos estrepitosos ruidos a gargajos y ahogo que inundaron la cocina convirtiéndola en un real pandemonio.</p>
<p style="text-align:justify;">Me encontré tirado contra la mesada viendo como mi asistente se agarraba su nariz recién rota.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¡Se está tragando la lengua! – Gritó &#8211; ¡Va a morirse si no hacemos algo rápido Dr.!</p>
<p style="text-align:justify;">- ¡Ya sé! ¡Ya sé! – Miré para todos lados, tomé un florero y se lo asesté en la cabeza pero no parecía sentir dolor alguno, o bien, parecía estar eternamente sufriendo ese ahogo del que no nos permitía sacarlo &#8211; ¡Está haciendo un lío importante! ¡Hizo mucho ruido! – Teníamos que gritar para escucharnos, el ruido del ahogado era todavía fatal y estaba acompañado por los golpes que sus brazos firmes daban sobre la mesa &#8211; ¡Hay que pararlo o le parto una silla en el lomo! ¡Novocaína, novocaína! – Tomé del botiquín dicho calmante en spray y lo rocié con total violencia sobre la boca para adormecerlo, vaciándole más de medio frasco, pero no parecía afectarle.</p>
<p style="text-align:justify;">Quise darle en la cabeza con una olla que encontré pero de un manotazo con titánica cólera y aún recostado, la desvió contra la ventana de la cocina que estalló en pedazos dando paso libre a la olla hacia la calle desde nuestro primer piso.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¡Ahora estamos jugados! ¡Tenemos que hacer algo rápido! – Le dije.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¡Busque velas! ¡Hágame caso busque velas y estampitas! – Me gritó.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¿Para qué carajo queremos velas y eso? – Me enfureció su comentario ignorante, pero luego descubrí que era más inteligente aún de lo que me esperaba.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¡Búsquelas y vamos a salvarnos de esto! ¡Haga lo que yo le digo! ¡Es eso o utilizar el revólver y créame que la policía ya está alertada de seguro, no la embarre más Dr.! Busque eso y ponga todo en la mesa con el cuerpo, ¡Póngalas por todos lados mejor, por todos los rincones! ¡Ah! ¡Y quítese el ambo médico!</p>
<p style="text-align:justify;">Empecé a buscar las velas y estampas mientras él se colocaba un papel servilleta en la nariz sangrante aún y se dirigía a la puerta.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¿A dónde mierda te vas?</p>
<p style="text-align:justify;">- No voy a abandonarlo Dr., usted sabe que no, por favor confíe en mí.</p>
<p style="text-align:justify;">
<p style="text-align:justify;">Regresó en diez o quince minutos con un cura, el mismo al que le regalé la pipa hoy. Se encontraron con la escena del cadáver viviente con su boca rebalsando babas y mocos ya sin movimientos (Por la anestesia) y arrojando manotazos a diestra y siniestra en un ambiente plagado de velas y sahumerios y estampitas. Corrió hacia la mesa con su crucifijo en mano y noté una agitación macabra en él, aunque siendo sincero, nada me producía más felicidad que haber visto la solución al problema y no haber sido abandonado por mi compañero.</p>
<p style="text-align:justify;">Comenzó a hablarle en lenguas, en griego, en latín y no sé qué más, lo roció con agua bendita y hasta leyó fragmentos de la Biblia… pero no funcionaba. Algo pareció detenerlo cuando el Padre repitió el Salmo de David, pero más que sus palabras y su himno de esperanza le atribuyo el suceso al ahogo producido por la sobredosis de C17 y novocaína que le durmió completamente la cavidad maxilar y sus órganos, errores naturales al fin, al ser mi primer paciente… … “muerto”.</p>
<p style="text-align:justify;">El párroco suspiró exhausto y volteó a sus espaldas para mirarnos.</p>
<p style="text-align:justify;">- Hijos… se fue con Dios.</p>
<p style="text-align:justify;">- No… &#8211; Dije disimuladamente – No puede ser…</p>
<p style="text-align:justify;">- Por Dios… &#8211; Exclamó mi asistente meneando la cabeza de lado a lado.</p>
<p style="text-align:justify;">- Llevo muchos exorcismos y esto es algo… común. Está… en un… lugar mejor – Dijo mirando analíticamente el cadáver que recobraba en segundos su palidez y rigidez inicial. Cuando me acerqué y levanté desde la nuca su cabeza, una catarata pegajosa brotó de su boca y nariz y el sacerdote asqueado se desmayó. Para cuando despertó la escena había desaparecido y un relato de cómo los forenses se llevaron el cuerpo lo convenció.</p>
<p style="text-align:justify;">Nada se comentó del exorcismo y la policía jamás apareció, como dije, El Palomar es demasiado tranquilo. A veces jugar a ser Dios termina haciéndonos jugar con los demonios. Eso es todo, querido diario.</p>
<p style="text-align:justify;">
<p style="text-align:justify;">
<p style="text-align:right;" align="right">23 – 9 – 2010</p>
<p style="text-align:right;" align="right">Dr. Darion Sieg.</p>
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		<title>Ícono del Pecado</title>
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		<pubDate>Mon, 09 May 2011 16:39:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mauro Francisco Cáseres</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">- Son los últimos diez mil pesos, Sieg &#8211; Le dijo el de traje.</p>
<p style="text-align:justify;">- Estamos a mano entónces&#8230; Valió la pena &#8211; Intentó meter algunos billetes en una riñonera, otros en la billetera pero fue imposible doblarla luego para guardarla&#8230; sacó el dinero, sacudió la billetera boca abajo dejando caer papelitos y anotaciones, entre algunas tarjetas de presentación.</p>
<p style="text-align:justify;">- Sieggy, se te cayó esto &#8211; El de traje le alcanzó una estampita de San Jorge.</p>
<p style="text-align:justify;">- Tengo tantos billetes que no tengo más espacio para una estampita &#8211; Esbozó una sonrisa entre esos ojos profundos, tristes por demás.</p>
<p style="text-align:justify;">El silencio era apenas invadido por el viento surcando las ramas quemadas, cabalgado por cenizas y polvo. El cielo ardía escarlata y las columnas de humo lo sostenían como si fuese a caerse en pedazos rompiéndose como vidrio viejo&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Sieg miró el entorno a su alrededor mientras el de traje subía al helicóptero. Le había preguntado si estaba seguro de quedarse ahí, y él sólo asintió levemente&#8230; realmente esa desolación no aparentaba peligro alguno.</p>
<p style="text-align:justify;">Caminó por esa plaza incendiada al igual que toda la ciudad y todas las esperanzas, miró a su alrededor, lo que no había muerto o quemado simplemente no había existido antes&#8230; no había nadie que se haya salvado, tan sólo ellos dos.</p>
<p style="text-align:justify;">Acarició su riñonera e introduciendo la mano en los bolsillos tanteó la billetera, realmente era mucho más de lo que alguna vez había visto, sin contar lo que aún esperaba en su departamento. Continuó bajando la calle unas cuantas cuadras, las pilas de cadáveres ardiendo eran faroles en cada esquina, las barricadas tumbadas de la policía y las improvisadas con muebles, no eran ahora más que leña para esta hoguera infernal.</p>
<p style="text-align:justify;">- No tenía ni 5 años &#8211; mencionó al agacharse y tocar el cuerpo de una nena. Meneó la cabeza negando&#8230; quién sabe qué.</p>
<p style="text-align:justify;">Al poco caminar salió de la zona del Congreso y llegó a Plaza de Mayo, donde toda esta historia había nacido&#8230; se sentó en la fuente y miró hacia la Catedral donde aquel párroco lo había auxiliado. Sacó la petaca de su abrigo, hacía frío realmente, y le dio un trago largo a ese extracto de papa.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¿Y vos? &#8211; Miró un cuerpo echado a la fuente, espasmódico &#8211; Podrías haber sido médico, como yo, abogado, ingeniero&#8230; No, no en este país. Las cosas están mejor así, sin vos y conmigo.</p>
<p style="text-align:justify;">Se levantó, la plaza estaba vallada a medias y las columnas de cadáveres incendiados lucían ahora borcegos, cascos y elementos de disuasión para disturbios urbanos. Se agachó y tomó una plaquita de la PFA, la miró, le gustó, la guardó y continuó. Acercándose a la Casa Rosada, completamente escrachada con mensajes apocalípticos y de índole política, apedreada y sin ventana sana, se detuvo. Un estruendo ensordecedor lo apabulló.</p>
<p style="text-align:justify;">Volteó justo para ver como caían los pedazos de la pirámide de Mayo destruyendo con cada impacto el suelo alrededor. Las palomas abandonaron la plaza de forma urgente oscureciendo aún más el cielo teñido de sangre y sombras&#8230; Las palomas suelen abandonar las estancias que ocupan ante un estruendo tan notable.</p>
<p style="text-align:justify;">Llegó a Puerto Madero, las pilas de cadáveres eran poco comparado con los cuerpos flotantes que entrechocaban constantemente, una y otra vez en ese río amarronado. Vísceras y sangre y podredumbre; manos, cabezas y más fluídos&#8230; el panorama era espantoso, sobre los pocos claros de agua turbia sin restos flotantes, se reflejaba el cielo vestido en ascuas, para no dejar descanso a la vista apocalíptica de ese Río Estigia.</p>
<p style="text-align:justify;">Volvió ciudad arriba topándose con el Ministerio de Economía donde alguna vez trabajó, las puertas blindadas habían cedido y ya había escuchado esa historia: Se habían acantonado adentro junto al DOUCAD y algo de Infantería Policial, pero no pudieron escapar del mal que les esperaba, ni volver a salir&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Se dirigió hacia Lavalle y Florida, viendo cómo el paseo comercial se había transformado en el corredor de la Muerte: Muertos en las vidrieras, muertos entre los maniquíes, muertos en las calles y en los contenedores, muertos en todas partes&#8230; Las moscas bailaban una danza de desidia alrededor de su cara, se posaban insistentemente sobre su bigote y frente, quizás confundiéndolos con uno de ellos.</p>
<p style="text-align:justify;">Llegó a la estación del San Martín, ese viejo tren hecho añicos que nunca anduvo en tiempo y forma. Recordó El Palomar, y esas huestes de valientes que escupían el Colegio y la Base Aérea, dispuestos a repeler al mismísimo Portador de la Guadaña&#8230; aquellos que murieron destrozados por esas criaturas infecciosas traídas de un mundo que de conocerlo, nadie puede contar.</p>
<p style="text-align:justify;">Una de las vigas de la estación se desplomó. Tanto las palomas (únicos habitantes de este nuevo mundo) de la viga como las que merodeaban la estación, levantaron vuelo violento alejándose del recinto. Las palomas suelen abandonar las estancias que ocupan ante un estruendo tan notable.</p>
<p style="text-align:justify;">Tras horas de caminatas nostálgicas llegó a su edificio. Él mismo se había encargado de elegirlo y limpiarlo minuciosamente para no dejar residuos de infección. Tomó un baño, se frotó con lavandina y amoníaco para pisos, talló sus manos enfatizando la higiene de sus uñas y se vistió. Llegó a su cajonera, tomó el bolso con parte del pago, la mochila con suministros y la otra parte del trato, su pistola y se asomó al balcón. Observó por última vez ese desastre que él y tan sólo él, había causado con tan sólo unas moléculas.</p>
<p style="text-align:justify;">Se sentó sobre su cama y reflexionó. Recordó esos muertos andantes que había levantado, esa gente gritando ante las mordidas, refugiándose tras puertas que tarde o temprano cederían desde fuera a los golpes, o desde adentro a las infecciones por las heces y vómitos de los habitantes faltos de higiene&#8230; Le recordaba esas trincheras de la Segunda Guerra Mundial&#8230; esa insalubridad era bélica, no era normal.</p>
<p style="text-align:justify;">La imágen de la nena abrazada a su muñeca, ambas incineradas, pareció hacerle hincapié en su conciencia.</p>
<p style="text-align:justify;">Desde afuera no había ya movimiento y las palomas invadían cada uno de los balcones del barrio. Pronto, ante un estruendo como el de un disparo, todas huyeron. Las palomas suelen abandonar las estancias que ocupan ante un estruendo tan notable.</p>
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		<title>Mandinga</title>
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		<pubDate>Mon, 02 May 2011 16:38:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mauro Francisco Cáseres</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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		<description><![CDATA[Historia del mal que vino desde Yezid.   - Le repito, comesario, -dijo seseando el estanciero &#8211; que eso es tuito lo que me sé sobre el turco. - ¿Y qué pasó con la estancia y el fuego que viste entonces, viejo borracho? – Le dijo el comisario acomodándose el cinturón a la altura del [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=lobregostiemposmedievales.wordpress.com&amp;blog=7694832&amp;post=107&amp;subd=lobregostiemposmedievales&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;"><strong><br />
</strong></p>
<p style="text-align:justify;"><em>Historia del mal que vino desde Yezid.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em> </em></p>
<p style="text-align:justify;">- Le repito, comesario, -dijo seseando el estanciero &#8211; que eso es tuito lo que me sé sobre el turco.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¿Y qué pasó con la estancia y el fuego que viste entonces, viejo borracho? – Le dijo el comisario acomodándose el cinturón a la altura del ombligo, abrazando su gran barriga. Afuera la calor de Diciembre azotaba las crines de los caballos y los paisanos destrozadas sus manos de trabajar se apeaban a la sombra de los árboles más regalones con su damajuana en mano y ya casi ninguno hablaba, todos temían que Mandinga siguiera entre ellos.</p>
<p style="text-align:justify;">- No sé comesario, yo escuché un ruido juerte y endijpué la estancia del turco desapareció de la nada y se prindió juego tuito el rancho y lo flete salieron al galope pa’ la tapera y no hubo naides capaz de ver lo que yo le cuento, pero sepa comesario que es tuita la verda’ y yo no venía mamao – Asentía con la cabeza a medida que hablaba, su rostro sorprendido y sincero, y hasta asustado parecía aseverar sus palabras.</p>
<p style="text-align:justify;">- Está bien Pereyra. Te me podés dir yendo, pero vos ni firmar sabés gaucho atorrante, ahora el cabo de te vuá escribir la declaración, andá repitiéndole los detalles nomás y después te me vas derechito pal rancho y nada de pulpería, no quiero más quilombos con vos gaucho borrachín.</p>
<p style="text-align:justify;">Y el estanciero, Don Esteban Pereyra, empezó a relatar lo que pasó esa vez. Era un gaucho petiso, robusto, de bigote negro tupido y unos ojazos como puñalada de lata negrazos, que le daban esa mirada inocente, buenaza.</p>
<p style="text-align:justify;">La cosa transcurrió a los veintisiete días del mes de Diciembre,  en el pueblo de Colonia Libertad, Corrientes, plenitud de la mesopotamia argentina, había llegado desde lejos un turco que traía caballos árabes y quería ponerse una estancia para criar campeones. Zadaf  era el apellido y no tardó en dar trabajo al pueblo, de gente amistosa y muy trabajadora. Se hizo querer el turco, pagaba bien y había que trabajar poco, charlaba con sus peones y estancieros y hasta comían juntos cuando de vez en cuando en esas rondas patronales de control, se topaba a la siesta con los gauchos asando y chupando vino como esponjas. Él no tomaba, por lo que ricuerda la pionada, no le gustaba el alcohol y era un tema de religión, sí comía sus buenos costillares y hasta alguno que otro de los más confianzudos le vio zamparle un mate en la ronda y hasta dicen, que le encantaba con gualicho y siempre decía que de lo único que lo enamoraba, era del pueblo.</p>
<p style="text-align:justify;">Llegado el tiempo el turco Zadaf agrandó la estancia y se hizo construir una casa enorme con arquite’tos traídos del güenosaire, Don Saturnino Robles y Don Gilberto Estrada y los mismos peones le ayudaban de albañiles… pero algo despertó el interés cuando de entre el ‘pocerío’, salieron unos pedazos de arcillas con grabados. No tardó en aparecer el turco, que quedó deslumbradísimo ante el descubrimiento, eran restos de vasijas y tablas aborígenes que dibujaban al mesmísimo diablo.</p>
<p style="text-align:justify;">El turco investigó y entre todos le contamos lo que sabíamos del mandinga y esos bichos fuleros que suele traer en la cosecha y él le dio un nombre en turco que no le sé decir pero que se lo puso de nombre a la estancia. Nos contó él también de los mandingas de allá que son juleros también y andan buscando en el desierto a lo’ gurises, como el pombero a la hora de la siesta por acá.</p>
<p style="text-align:justify;">Los días fueron pasando y él siempre nos preguntaba más y le gustaba venir a comer con nosotros y escucharnos y le gustaba más cómo se lo contábamos nosotros que el cura. Y se decidió a buscar las ruinas de dónde venían las vasijas y estaba embaladísimo con que quería ver la ciudad donde las habían moldeado. Un arquiólogo del güenosaire se vino también, le decíamos Longaniza tenía un apellido así medio raro, Longus creo que era, se llamaba Omar.</p>
<p style="text-align:justify;">Era un tipo raro el turco, rezaba en su idioma, si, pero siempre miraba a un lugar que él decía que era la tierra santa y esperaba a que amanezca. Uno de esos días hablando nos pidió que lo llevemos al río y esa mesma tarde salimos. Pensamos que iría a pescar el taruchaje o a pasear por ahí pero nos encontramos con una isla que nunca pero nunca habíamos visto, cabo. Era nueva, recién salidita del agua, era un barrial terrible y no había nada así como pa’ orientarlo, era barro escalonado y era enorme la isla.</p>
<p style="text-align:justify;">Habíamos ido solamente tres con él y el arquiólogo, y sepa que no teníamos miedo de bajar, cabo, pero igual a uno le agarra esa sensación en el pecho ahurita mesmo cuando le cuento me suele agarrar, nosotros nos bajamos y ahí nomás empezamos a caminar por el barro. Teníamos miedo de que se nos hundiera todo abajo pero seguimos caminando y encontramos una ciudad de indios en ruinas, con todas las paredes talladas y un montón de pilares altísimos pero que no habíamos visto nunca antes, cabo, y le puedo jurar que no estaba borracho porque el patrón no nos dejaba tomar en hora de trabajo salvo pa’ la comida y ese día no habíamos comido… ¿O si?, no, no, fijesé que no habíamos comido.</p>
<p style="text-align:justify;">Si, emprosigo cabo. Eso, eso, prosigo, eso que usted dijo cabo. De entre la nada él se acercó a un pilar roto donde estaba paráu un santo como de los indios, alrededor las paredes tenían un montón de santos pero santos santos, no como el de que agarró él del pilar. Era como la Salamanca, algo así de feazo fijesé y le dijimos que era diabólico, porque por ahí él no sabía, y sin embargo dijo algo en árabe al Longaniza y se lo quiso llevar. Lo encerraron nomás en el sótano y no nos dejaban verlo, el chinerío se alborotaba al verlo llegar así tan cambiado al hombre, andaba cabizbajo, con la mirada perdida, andaba como poseído.</p>
<p style="text-align:justify;">Y eso que le dijimos que no molesten a los indios, le dijimos cabo, que a los finados se los deja en camposanto y no se los tiene que molestar qué le va a andar robando las cosas de ellos ¡Si él no cree en Mandinga pa’ qué quiere un Mandinga!&#8230; Y bueno, la noche de Navidad estaba toda la pionada festejando pero él ni apareció y a eso del 27 cuando andaba esclareciendo el escuro y fui a la estancia se estaba prendiendo juego todo y no quedó ni la ceniza cabo, desapareció todo y ni los gallos cantaban. Después cayó el resto e la pionada, pero ellos dicen que desapareció la casa… ¡Pero yo la vi quemarse entera y los fletes salir carpiendo! ¡Le juro que no había tomáu nada entuavía! ¡Se lo juro comisario a usté también! ¡E’ cosa e mandinga!</p>
<p style="text-align:justify;">El cabo tomó la declaración y la archivó en el caso que abarcaba la desaparición de Abdul Zadaf, de nacionalidad Irakí, procedente de Yezid, Omar Longeus de nacionalidad Argentina procedente de Buenos Aires, y el presunto incendio y desparición de la estancia Semyaza, y luego de enseñarle a firmar al gaucho, le permitió retirarse.</p>
<p style="text-align:justify;">El comesario se ajustó el cinturón abrazando su barriga nuevamente. Ajuera el crespín lloraba, lloraba por esos caballos que no paraban de correr con los ojos desorbitados de pánico, como si hubiesen visto “al mesmísimo mandinga”</p>
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		<title>África</title>
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		<pubDate>Mon, 02 May 2011 16:36:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mauro Francisco Cáseres</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Aquí se narra la historia de Longeus el Cazador, Capitán del eximio jinete de las olas conocido en Alta Mar como ‘Vórtice’  y la repercusión de su mal en Howard Phillips Longeus, su descendiente.   I – Expedición   Sonaban distantes tambores en tierra firme, allá en la sabana, insistentes, insidiosos, cardíacos. Me echó una [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=lobregostiemposmedievales.wordpress.com&amp;blog=7694832&amp;post=105&amp;subd=lobregostiemposmedievales&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;"><em>Aquí se narra la historia de Longeus el Cazador, Capitán del eximio jinete de las olas conocido en Alta Mar como ‘Vórtice’  y la repercusión de su mal en Howard Phillips Longeus, su descendiente.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em> </em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>I – Expedición</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em> </em></p>
<p style="text-align:justify;">Sonaban distantes tambores en tierra firme, allá en la sabana, insistentes, insidiosos, cardíacos. Me echó una mirada de confianza, de esas con la sonrisa esgrimida hacia un costado y me dijo “Son ellos… fondearemos pronto”.</p>
<p style="text-align:justify;">Eché un trago a mi garganta para darme coraje y cargamos las armas, nuestros pies conocieron suelo africano el 22 de octubre del año de Nuestro Señor, Señor de Señores y Rey de Reyes. Dejamos una veintena de hombres ebrios y obesos en la costa junto al barco y tan sólo quince nos adentramos en la jungla, entre los cuáles estábamos el capitán y yo, agazapados en cuerpo pero erizados como un puma rabioso en nuestras almas. En la retaguardia quedaron los mismos borrachines de siempre, gordos, desaseados, simples saqueadores y bandoleros que nunca hacían mérito para llevarse más que unos doblones o alguna muchacha, y por supuesto, para poner orden y evitar que huyesen al menor sobresalto de los rifles, el capitán les dejó a su hombre de confianza al mando…</p>
<p style="text-align:justify;">Jamás pensé que nuestro viejo lobo de mar fuese a retirarse así, según él, éste era nuestro último trabajo y luego viviríamos bien, tomaríamos un gran tesoro y podríamos darnos los grandes lujos de duques y señores franceses… Era por eso que sólo quería a los mejores en su partida y por lo que me comentó, le era yo no menos que imprescindible, quería alguien con experiencia en religión y ocultismo, no simples saqueadores o brujos… y eso, me hizo sentir útil y a la vez, seguro de no ser despachado por alguna bala amiga accidental, como solía suceder tan a menudo en nuestras incursiones.</p>
<p style="text-align:justify;">“Nos vieron” – dijo mientras nos infiltrábamos sigilosamente en ese pandemonio tropical. Los tambores resonaban cambiando de ritmos, cada vez más encima de nosotros, parecían muchos y tocados por manos gigantescas, guturales… PRIMITIVAS. Poco a poco sentí como la música adoptó en su percusión, el mismo ritmo que mi corazón desesperado.</p>
<p style="text-align:justify;">“Son ellos” – Acotó el capitán Longeus asomándose entre unas ramas y revelando una enorme ciudad africana, con sus templos y enormes escaleras recortándose como siluetas en el cielo estrellado, ambientado por el aleteo de repulsivos pájaros noctámbulos y el olor a marisma húmeda y pelo mojado de algún animal… fétido y vomitivo. Entre los altares y antorchas figuras humanas vestidas con ropas ceremoniales, taparrabos y togas de vivos colores bailaban entre las piras, tocaban tambores y hacían coreografías con lanzas incineradas a fuego vivo. Otros, en torno a lo que parecía una gran olla revuelta por un chamán o mago, con un extraño atuendo lleno de tocados y una calavera de lo que sería una cebra o similar en la cabeza, mientras éste revolvía, parecían arañarse las muñecas y verter su sangre dentro de la olla profiriendo gritos guturales pero no de dolor… más, de satisfacción. Todos eran enormes, encorvados y blancos… ¿Blancos en África?</p>
<p style="text-align:justify;">La luna se elevó y opacó a Aldebarán y Orión, llena y fulgurante como ninguna otra hubiese podido nacer esa noche, llenándonos de luz que a los hombres de mar nos hunde en situaciones y pensamientos filosóficos… pero ésta vez no hubo tiempo para la reflexión, lo que vi me llenó de un espasmo de horror que ni la mismísima muerte hubiese podido causarme lamiéndome la columna… la luz reveló seres peludos, oscuros en alma pero blancos en cuerpo, de demencial mirada y ojos amarillentos como el oro africano.</p>
<p style="text-align:justify;">“¡Pero… son monos! ¡Blancos!” – Repliqué.</p>
<p style="text-align:justify;">“Lo son. Pero no te fíes, no será una incursión fácil… ¿Cómo creéis que han tomado la ciudad a la tribu más peligrosa de la región? Quiero sus manos, todas… quedarán muy bonitas con unas plumas atadas de los pájaros que hablan. Pero atentos, no es eso lo que buscamos… Estas criaturas tienen una diosa blanca, un eslabón anterior a ellos, una mona primitiva a la que adoran… ESO ES LO QUE QUEREMOS LLEVARNOS… Será fácil de reconocer, está embalsamado al estilo primitivo y todas las noches la traen hacia aquel altar.”</p>
<p style="text-align:justify;">“¿Los matamos a todos?” – Preguntó uno.</p>
<p style="text-align:justify;">“Si. Luego rejunten las manos y traten de no mancharlas demasiado con sangre. Jack y yo nos haremos con la mona, posiblemente haya falsificaciones o recreaciones simbólicas de la misma, no creo que la arriesguen. Él entiende de éstas cosas, ustedes nos abrirán paso a medida que lo necesitemos pero no será fácil. Cúbrannos y en caso que no la traigan al altar o bien, traigan una falsa, nos dirigiremos al templo… &#8211; Pensó un rato, paseando su mirada por la ciudad al resguardo de los grandes pastizales – Jack, ¿Qué estructura de esas es el templo? ¡Son todas iguales, malditos monos holgazanes!”</p>
<p style="text-align:justify;">“Aquella” – Señalé una que tenía en la inmensidad de sus escaleras, antes de la entrada, un altar justo debajo de la luna de medianoche que nos alumbraba.</p>
<p style="text-align:justify;">Aparecieron en la escena entre el fuego y el barro, dos enormes pilares blancos transportando una jaula hecha por humanos, y en su interior nuestra reliquia. Nos abalanzamos ante la orden e implantamos la masacre. Los fangos se tiñeron de rojo y con gritos de guerra los salvajes del color del alba arremetieron mordiendo, pisoteando y arrancando cabezas a golpes… algunos blandían troncos y antorchas y otros primitivos cuchillos y hachuelas de rituales. La carnicería fue gloriosa e interminable, las puertas escupían bocanadas y bocanadas de albinas bestias engendradas por el mismísimo Averno, con infernal agilidad y fuerza sobrehumana.</p>
<p style="text-align:justify;">Nos sorprendió el mismísimo Lucifer asomándose por el cielo en su forma de Lucero del Alba, la batalla había muerto al tiempo que moría la noche. Quedábamos sólo tres, el capitán, un marino y yo, quienes intentábamos destrabar la jaula para liberar la momia tan deseada.</p>
<p style="text-align:justify;">“Será complicado cortar tantas manos entre tres… y éste lugar estará infestado de nativos y más monos en un rato, será mejor cargar los cuerpos en el barco, no está tan lejos, luego, los arrojaremos ya sin manos al agua”. Asentimos pero apenas nos dispusimos a la tarea, se oyeron disparos en la costa, acompañados por uno muy cerca nuestro. Giré para ver cómo el otro marino caía escupiendo sangre desde una nueva boca abierta en la frente, el Capitán me miró fijo y ordenó:</p>
<p style="text-align:justify;">“A cargar cuerpos, Jack. Llévate los brujitos, ellos tienen adornos interesantes, y tranquilo… vos me sois útil, no podría despacharte – Lo miré con terror, petrificado… con las tripas revueltas empecé a llevar cuerpos mientras él arrastraba la jaula.</p>
<p style="text-align:justify;">Al llegar a la costa, no muy lejana de allí, el barco estaba sólo mientras se dibujaba una silueta vagabunda merodeando inquieta, se acercó descuidadamente y habló:</p>
<p style="text-align:justify;">“Longeus… no te imaginaréis lo que ha pasado, mi amigo… ¡Cocodrilos! – Se rió burlonamente – ¡Y por la gracia del Averno soy el único que sobrevivió!”</p>
<p style="text-align:justify;">“Por eso los disparos ¿No? ¡Claro! – Rió Longeus palmeándolo – Jackie, colega, vamos hombre que no son tan pesados esos micos, ¡Echa ya los malditos simios al bote y zarpemos! ¡Ni que tuviera que amenazarte de muerte para que trabajes bien!”</p>
<p style="text-align:justify;">“Eh Longeus, que no está tan mal – Dijo el hombre, que de más está aclarar, era el oficial de confianza de nuestro sombrío almirante – al menos no se embriagó como el resto y terminó con un tiro en la cabeza… digo, comido por los cocos”</p>
<p style="text-align:justify;">“Jaja, los cocos… es una clásica eh, viejo carcamal… ¡Vamos, Jackie, que la cosa se pone buena y el botín es mucho para tres solamente!”</p>
<p style="text-align:justify;">
<p style="text-align:justify;">Zarpamos de emergencia al cabo de unas dos horas, escuchábamos de fondo el estrepitoso sonar de tambores, seguramente otros albinos que habían venido por más pero que no podríamos enfrentar siendo tres, ni tampoco llevarlos en caso de victoria… nuestras alforjas estaban repletas de cadáveres rosados, entre el blancuzco pelaje y la sangre escarlata.</p>
<p style="text-align:justify;">Los desmembramos mientras el Capitán admiraba la diosa, apenas hube terminado con el último y arrojado a los asesinos de los arrecifes, me senté a su mesa, a examinarlo. Era una primate, en efecto, invaluable tanto para anticuarios como para viajeros, arqueólogos, antropólogos, zoólogos, criptozoólogos, y el resto de la comunidad científica.</p>
<p style="text-align:justify;">
<p style="text-align:justify;">Así fue como nos hicimos con Eva, y es aquí de cómo nos deshacemos de ella. Nuestro buque, el Vórtice, famoso destructor alguna vez campeón de la Guerra del Destierro y héroe de la Toma de Gibraltar, está ahora perdido y sumido en un páramo de desolación dónde no hay oleaje que pueda arrastrarlo, y con averías sin explicación, a merced de la suerte y designio de los Innombrables.</p>
<p style="text-align:justify;">Hemos envuelto a Eva y nuestros cofres, así como las manos de monos, las decoradas y ornamentadas e incluso las más simples y sobretodo las más valiosas: las de cachorro, hemos puesto todo envuelto propiciamente en alforjas y nos proponemos abandonar a su suerte al Vórtice, escribo éstas últimas líneas a escondidas de Longeus y su perro faldero y pulgoso, espero que esta botella pueda llegar a alguien, si es que se puede salir de alguna forma de ésta cárcel de agua, donde siempre es de noche y se escuchan los fantasmas de la tentación convenciéndonos al oído de suicidarnos…</p>
<p style="text-align:justify;">Te arrojo al mar con mis últimas palabras, botella. Esto es un mal trago, este lugar no puede ser real… es imaginario… tiene que ser imaginario como éstas diabólicas risas que escucho en mi cabeza, como ésta maligna voz grave y oscura, profunda como del fondo del océano que me dice fuerte y claramente “Bienvenido al Infierno”.</p>
<p style="text-align:justify;">
<p style="text-align:justify;"><em>II – Correspondencia</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em> </em></p>
<p style="text-align:justify;">Al leer el papel supe que era original y tendría unos pocos años de escrito. Soy Howard Longeus, anticuario de Londres, ardiente lector y fanático del africanismo y la exploración; no encontré sino mucho interés al ver este manuscrito que me heló la sangre… Lo que ellos llaman “Eva” no es sino un espécimen de gran cotización científica, que por supuesto, debo tener en mi anticuario y que además me pertenece por herencia familiar, y no así a cualquier otro simple curioso que por casualidades banales llega recorriendo a un punto dónde se encuentra una reliquia, y luego salta a la fama y la riqueza simplemente usurpando tesoros ajenos, o sea, mío en éste caso. Esa momia, debía ser de nuestras joyas familiares.</p>
<p style="text-align:justify;">Lord Byron ha inspirado mucho a la gente – pensé – pero no como para inventar un rumor así y mucho menos, de ubicar semejante reliquia en el fondo del mar o en un buque fantasma que vagabundea por ahí… por lo cuál accedí a creer en el mensaje. Pagué unas monedas al pescador que lo trajo que, induje, no debería saber leer de seguro, y dirigí una expedición hasta allí… una de la cual, por supuesto, un hombre letrado y tan ocupado como yo, no podía asistir pero si financiar.</p>
<p style="text-align:justify;">Pasaron ciertos meses en que no tuve noticias de la incursión, y tras el fallecimiento de mi hermana en las colonias Africanas, pensé en ir yo mismo hasta allí. Ella servía como enfermera en los protectorados mientras el Imperio construía la piedra fundamental de su asentamiento en el continente salvaje, al parecer el azote de una plaga desconocida, terminó con su vida.</p>
<p style="text-align:justify;">Me dispuse a partir, dándome como tiempo dos semanas para preparar el equipaje, ordenar a mis criados y conseguirme un reemplazo en el anticuario. Pasado ese tiempo salí directamente de mi casa al local a recoger mis boletos de tren y ferry. Apenas hube entrado noté que había correspondencia… Un paquete para mi, desde África… No podía perder esta oportunidad ni siquiera por mi hermana aunque por dentro, muriese por ganas de volverla a ver… REALMENTE MORIA DE GANAS DE VOLVERLA A VER.</p>
<p style="text-align:justify;">Llegué al correo y la lengua se me trababa ante tal excitación, y apenas hubiesen despachado y entregado en mano mi pedido, corrí de nuevo al negocio para explorarlo, olvidándome de los horarios de ferry y todo el jaleo del viaje. Deposité el cajón que me fue entregado en la mesada mostrador, y lo abrí.</p>
<p style="text-align:justify;">Era realmente espantosa, deformada y blanca, hinchada y rapada, signo de una mala y primitiva momificación. Su vello era como una pelusa que emanaba esporas al más mínimo contacto, estaba su cara desfigurada y sus labios carcomidos pero… un momento… esta diosa es una falsificación ¿O me parece? La pelusa blanca se corre al tocarla, revelando una desgajada piel reseca… ¡ESTO NO ES PELUSA! ¡SON HONGOS! – Tosí desesperadamente cuando las esporas montaron el aire y empecé a escupir el repugnante sabor que me dejaban depositado en la lengua… Corrí tumbando el cajón de un manotazo, vomitando a mi paso, el pánico asaltó mi corazón… y a raíz de lo que vi me apresuré a tomar una vieja lámpara de aceite, la prendí y la arrojé a la pared, incendiándolo todo. ¡YO LO DIJE MORIRIA POR VOLVERLA A VER! ¡ESO NO ERA LA DIOSA! ¡ERA EL PUTREFACTO CADAVER DE MI HERMANA!</p>
<p style="text-align:justify;">
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		<title>Los Adivinos del Olanegra</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Apr 2011 17:32:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mauro Francisco Cáseres</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Para ser escritor de ocultismo hace falta mucho más que imaginación, la imaginación es casi interminable y permite una conjunción de variables que son tan ricas en cantidad y en calidad, que nos acerca a un mundo de infinitas posibilidades que hacen a cada relato único. Sin embargo, no es suficiente, empero. Uno requiere morbo, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=lobregostiemposmedievales.wordpress.com&amp;blog=7694832&amp;post=100&amp;subd=lobregostiemposmedievales&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Para ser escritor de ocultismo hace falta mucho más que imaginación, la imaginación es casi interminable y permite una conjunción de variables que son tan ricas en cantidad y en calidad, que nos acerca a un mundo de infinitas posibilidades que hacen a cada relato único. Sin embargo, no es suficiente, empero. Uno requiere morbo, sadismo, crueldad y violencia innecesaria, todo esto sin una provocación previa, eso hace que el ritual de invocación de un cuento ocultista sea exitoso.</p>
<p style="text-align:justify;">La carencia de provocación es el punto más necesario, que por simple curiosidad, inocencia o simplemente por existir, el personaje en cuestión reciba un castigo jamás esperado y mil veces mayor a lo soportable por la sensibilidad de un lector novato, debe inspirar repulsión por el hecho y por quién lo ejecuta, debe provocar lástima o terror, sensaciones tan diversas que cada lector tenga una distinta versión pero que aprecie la crueldad de la secta que secuestra un inocente al azar y lo sacrifica, la maldad de un dios perdido de regiones jamás vueltas a explorar que abandona su trono para cosechar almas y acólitos, el oportunismo de los innombrables que aguardan pacientemente al curioso que pasee sus ojos entre los páramos de letras prohibidas, entre grimorios y tomos inquisidores, y leyendo la frase que no deben leer en voz alta, los liberen de esa cárcel de tinta que los encerró durante más de cien mil años.</p>
<p style="text-align:justify;">Debe existir un pacto de sangre entre el personaje y su creador, deben sufrir, deben atormentarse, deben desgarrarse el alma uno al otro y hacer que ese lazo luciferino que los ata transmita las frustraciones del creador y así condene a la nueva criatura a una ruina ineludible, y  si ese pacto se rompiese, el escritor y el personaje serían tan vulgares y desdichados como las mediocres historias con finales felices, ambos nacieron para sufrir, son poetas de lo maldito, profetas del mal, pregoneros de la llegada abisal, no pueden escapar y están encerrados entre paredes de letras.</p>
<p style="text-align:justify;">La inspiración debe buscarse en eso, en lo oscuro y por eso es que en los círculos que me he movido he minado la más pura y preciosa inspiración. Es menester visitar catedrales (Donde yace nuestro Altísimo General Don José Francisco de San Martín, en Montserrat), iglesias (la de San Pedro, una de las tres en el mundo que tienen su campanario detrás), templos antiguos, ruinas (De Wanda, al norte y las de Santísima Trinidad en el hermoso Paraguay), sepulcros (Como el del General Roca, sublime como pocos o esos casi desconocidos como el masón o el Cementerio Alemán que más de un Oficial Nazi ha resguardado), necrópolis (La lúgubre Chacarita o la soberbia Recoleta) y tener en la mano la mayor cantidad de figuras religiosas posibles, San La Muerte (El despreciable), Ángeles, Demonios, Exus, Caballeros, Santos, Paganos, Dagas, Runas, Anillos, Pendientes, Gemas y Joyas, Libros, Amuletos y cuánto sea posible de contener un enigma y una historia en su interior. Pero muchas veces, el visitar lugares o poseer objetos de valor esotérico no es suficiente para el curioso y cae en los libros prohibidos escritos por hombres, pero dictados por aquellos que visten de éter. Esto, es el mayor error posible de cometerse (o eso creía hasta hoy)… Sin embargo quise traspasar ese límite haciendo siempre honor a mi fama de transgresor, y con ansias de inspiración y saber, empecé a frecuentar círculos cada vez más peligrosos: Me inicié en los Prioratos Católicos y Templarios, en Logias Masónicas, Tribus chamánicas, Órdenes Herméticas, Sectas, Hermandades y hasta en las más simples y vulgares agrupaciones de brujos, herejes, magos y adivinos baratos. Todo folklore era ahora válido para mi y hasta la historia del duende de existencia más injustificable e innecesaria, era importante en mi cabeza… así conocí a los Adivinos del Clan Olanegra.</p>
<p style="text-align:justify;">En lo que fuera alguna vez San Pedro, y hoy le cuento a mis nietos que allí existía una ciudad ¡Y no me creen los desgraciados!, había una calle muy particular llamada San Lorenzo (Creo), que nacía en la subida de 11 de Septiembre, cerca de lo del tío, un comerciante que tenía un hijo Cadete del Colegio Militar, compañero mío (Pero él era de armas, yo era Enfermero de Combate), por ahí más o menos nacía. Se extendía hasta paralela al río, separándolo de una costa de casas precarias sobre la barranca, hogar de pescadores y trabajadores que vivían principalmente del cauce y de las islas que éste formaba en su abdomen, cazando y pescando… Ahí fui a parar, cansado de las historias de aparecidos en el cementerio local y del rumor del lobizón en el paseo público, y me topé con una casita que tenía un pequeño bote afuera llamado “El Olanegra”, ése era el lugar referido por otros colegas brujos.</p>
<p style="text-align:justify;">Me estaban esperando y aunque hoy de San Pedro no quede nada, no me atrevo a dar los nombres de quienes allí concurrían. Entré al ranchito y la señora me hizo esperar, su marido salió a buscar a los otros vecinos que formaban parte del “Clan” y en pocos minutos tenía ya reunidos a un buen par de pescadores (hombres y mujeres) en torno a mi y saludándome de forma muy amigable. Eran añosos y a todos les faltaban dientes, podría haber contado una dentadura completa recién entre diez de ellos, se sentaron en torno a la mesa del único ambiente disponible en la casa y la señora comenzó a relatarme de qué iba todo esto.</p>
<p style="text-align:justify;">Eran una agrupación de pescadores menos ella y su marido, que eran adivinos. Predecían mediante los ojos de los pescados y un repugnante rito, los períodos de mayor abundancia y los días de tormentas sorpresivas para alentar o retener las salidas de los pescadores y cobraban por ello un pequeño monto, automáticamente observé el chantaje en su máxima expresión y atiné a irme, pero lo que me comentó luego llamó más la atención. Los ojos de los peces guardaban en sí la visión de las profundidades y ella podía interpretarlos, y en ellos había visto al Señor de ese río como una enorme sombra negra moviéndose entre las verdosas aguas, patrullando y guiando a las canoas perdidas de aquellos que respetan el río, empujando hacia la costa al nadador exhausto y desviando de los barros frágiles y profundos las presas que los cazadores por necesidad buscan, evitándoles así morir empantanados. Era una simple sombra que se movía y algunos pescadores lo asociaban con un enorme Dorado o Centurión que se habría extraviado en una migración y simplemente tuvo que adaptarse a esta vida, y otros, como el mismísimo hijo de Dagón. Les pagué, quise averiguar mi fortuna y en seguida sacaron de un viejo freezer una bolsita con ojos y con el mayor asco pude ver cómo los colocaban en un platito en la mesa y agarrados de la mano entre todos (incluyéndome) rezaban al Guardián del Río. Con un par de frases ambiguas intentaron convencerme al principio pero viendo mi cara de decepción se esforzaron y su frase fue lapidaria:</p>
<p style="text-align:justify;">-   Veo al Guardián – Dijo – También va a haber tormenta esta noche, una tormenta fulera – Giré mis ojos, el día afuera estaba realmente soleado – Él está echando los pescados para que los pescadores se vuelvan temprano a sus casas, el río hoy va a estar picado.</p>
<p style="text-align:justify;">-   Entonces no tiene que cuidar los pescaditos – Le dije haciéndole burla – voy a cruzar el río esta noche a ver si me rescata o me viene a decir “No amigo, no quedan más mojarritas hoy” – Le sonreí y me levanté.</p>
<p style="text-align:justify;">-   No se jode con esas cosas – Me dijo mirándome con preocupación – al río hay que respetarlo, él está ahí cuidándolo y tiene la tarea de sacar a los que lo invaden.</p>
<p style="text-align:justify;">-   Me saca… de las casillas de me saca. Esta noche, les traigo la cabeza del guardián con arroz y otros mariscos, quédese con el vuelto que le va a hacer falta para comprar un pulpo o algo más terrorífico.</p>
<p style="text-align:justify;">Me volví a casa, allá por la calle Arnaldo, realmente lejos de ahí. En el camino recorrí el río observándolo ahora con más cautela, con más criterio pero no me inspiraba más que serenidad ver esas costas reflejando sobre aguas musgosas el sol y trayendo un vientito cálido, por lo que despejé mi cabeza aunque decidido a aunque sea, ir a pescar esa noche. Frente a mi casa estaban Marcelo y Jorge, de esos tipos salados pero salados en serio, que tienen más agua de río en las venas que nadie, esos lobazos de mar que pescan hasta con un cordón de bota y les dije de organizar algo para esa noche. Costó convencerlos dado que teníamos que organizar todo en unas pocas horas, pero accedieron ya que al otro día me volvía a Capital Federal (Donde vivía temporalmente para estudiar). Juntamos todo y pasamos a buscar a Teté (otro pescador veterano ya, de esos que saben la historia y costumbres de cada pescado que haya existido) y con la lancha que tenía Jorge, salimos. Ah… ahora me acuerdo bien de Jorge Parra, un tipazo, ese sí que se mandaba a cualquier lado con agua y te traía los cajones llenos, podría haberse mandado a la mitad del Pacífico sin miedo, era un hombre que nació para vivir en el agua hasta en un charco siempre algo picaba.</p>
<p style="text-align:justify;">Llegamos al río en un rato nomás y empezamos a recorrer buscando una zona tranquila, la tormenta nunca llegó y estaba realmente tranquilo de que no iba a aparecer ese Guardián de porquería, pero de todos modos no podía irme sin confirmar que no existía. A eso de las once ya teníamos todo más que preparado y hasta habíamos puesto una red de lado a lado entre la costa y una isla chica que surgía en el medio del cauce, pero nada parecía suceder ni picar, los peces estaban de paro sindical al parecer.</p>
<p style="text-align:justify;">Llegó la medianoche y sobre la costa observaba unas figuras que agitaban los brazos haciendo señas mientras uno de ellos prendía y apagaba reiteradas veces una linterna enorme, imaginé que en vista de que deschavaría su folklore pueblerino, los del Olanegra tramaban asustarme o advertirme algo. Comenzó a lloviznar, cosa que me llamó la atención pero a la vez distaba mucho de una tormenta de esas épicas que imaginaba en medio del río. Arriba se veían las luces de los rancheríos.</p>
<p style="text-align:justify;">Ni Jorge, ni Marcelo ni Teté sugirieron nada ante la llovizna, por lo que imaginé que no debía afectarles. Pasaron horas y la llovizna era lenta, imperceptible, pero imparable; y a eso de la madrugada algo realmente pesado empezó a sacudir la caña de Jorge. Tironeó pero lo llevaba y la lancha se meneaba sobre las aguas, empezó a resbalar por la llovizna y la caña se le zafaba, lo ayudamos entre todos para no tener que cortar la línea y cuando asomó la cabeza semejante pez, Marcelo se apuró a alumbrarlo, esos bigotes abundantes, la cresta escamosa y filosa en su cabeza, esos colores que pasaban por todas las escalas cromáticas posibles y esa enorme boca sin dientes, nos develaron que era una nueva especie. Jorge tironeó y Teté lo ayudaba, Marcelo tomó la caña y yo me quedé atónito, ese debía ser la especie rara, el Guardián… Por instinto los ayudé a tironear también sosteniendo la línea, la lucha fue infernal hasta que de un segundo a otro, el chasquido de una caña partiéndose (Y a la vez, partiéndole la cabeza al animal) dio por finalizado el combate. Había cedido y respirando forzosamente nos miramos, procedimos a arrastrar el cuerpo todavía con espasmos tironeando de la línea pero no puedo describir lo que nos costó intentar subirlo… Todavía se veía la linterna insistiendo más que la llovizna en la costa. Las luces del rancherío estaban demasiado bajas ahora, casi a nivel del río.</p>
<p style="text-align:justify;">Coincidimos en intentar levantarlo los cuatro a la vez, mientras todavía quedaba una leve agitación en ese flotante pez, hicimos el esfuerzo y lo sacamos entre sonidos de huesos crujiendo… la desesperación que tuvimos es inexplicable al momento de observar que pegado a ese pez había un par de hombros saliendo del agua, y luego de otro jalón salieron brazos, y un torso humano, y manos con láminas de piel entre los dedos, uniéndolos… y dos pies palmípedos… era un hombre pez…</p>
<p style="text-align:justify;">Nos miramos, no entendimos nada, miré a la costa y la linterna y las luces de la costa habían desaparecido así como también todas las de la ciudad… Marcelo y yo compartíamos un gran historial académico y un gran interés por el estudio por lo que con linterna en mano nos aplicamos al análisis del espécimen, pero no hallamos explicación alguna. Pensamos en la idea de venderlo caro a algún museo o laboratorio y lo dejamos a bordo de la lancha entre el asombro y el terror, Teté lo miró y acotó sobre su parecido a una tarucha pero preferimos no saber qué era eso. Quisimos buscar nuestra red, pero no la pudimos encontrar, así como tampoco las islas donde la habíamos atado, los árboles de las costas parecían realmente más pequeños y cercanos al suelo y los camalotes y porquerías abundaban. Volvíamos al Club Pescadores, de donde habíamos salido… pero nunca más encontramos esa costa.</p>
<p style="text-align:justify;">El amanecer nos trajo la visión de un río realmente mucho más grande de lo que había sido anteriormente, y no pude volver a hallar un lugar geográfico que sea la costa sampedrina, en cualquiera de sus puntos existentes… es como si el río, la hubiera devorado. Recorrimos días y días bajo un sol agobiante que se encargó de reducir nuestro descubrimiento a unos pocos huesos exactamente iguales a los de un pescado y a los de un ser humano… ¡Pero por separado! Ya sin descubrimiento ni gloria alguna decidimos resignarnos a no encontrar San Pedro y cambiar el rumbo de nuestros pasos. Nuestro próximo destino fue Baradero, un pueblo vecino donde se hablaba de una crecida gigante que por suerte a pesar de las inundaciones no había traído víctimas… Ni en las rutas, ni en el agua ni de ninguna manera posible, existía la posibilidad de ver San Pedro de nuevo, era la nueva Atlántida hundida en una llovizna tan lenta e imperceptible, que nadie había notado la inundación.</p>
<p style="text-align:justify;">Nadie recuerda haber visto San Pedro alguna vez, sólo nosotros cuatro que pasamos a ser los viejos locos de esta historia que nadie nos cree y que siempre entre mate y mate nos volvemos a contar…</p>
<p style="text-align:justify;">Y hoy le cuento a mis nietos que allí existía una ciudad ¡Y no me creen los desgraciados!</p>
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		<title>El Innombrable</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Apr 2011 17:13:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mauro Francisco Cáseres</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;"><em>Historia de cómo la ambición del capataz Isaac Longeus, desenterró de su abrazo de tierra a la Maldad misma, por sólo unas monedas y condenando un centenar de hombres.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em> </em></p>
<p style="text-align:justify;">- ¡Sigan cavando! – Exclamaba el capataz de la mina, mientras miles de picos chocando contra el mineral musicalizaban sus palabras &#8211; ¡Más rápido! ¡Sigan cavando!</p>
<p style="text-align:justify;">La mina estaba oscura ya y tendría varias atalayas de profundidad, a medida que más avanzábamos, el olor a sulfuro, carbón, hierro fundido y almizcle nos daba la pauta de que estábamos de seguro en el corazón de la Tierra misma. El hedor a la transpiración y la piel humedecida, rebozada de tierra y fétidos insectos, el sonar crujiente de las raíces que aplastábamos y los ojos rebalsados de humo que delineaba una máscara ‘mapachesca’ en nuestros rostros, eran solamente los factores más notorios de nuestra desventurada bravura.</p>
<p style="text-align:justify;">Pero otros detalles más imponentes se nos cernían encima… El miedo, la desesperanza y la sensación de ahogo eran ahora poco comparados con la costumbre a ser noctámbulos, a convivir con la penumbra constante y la lumbre lánguida del farol que era nuestro Dios Sol y nuestro Lucifer Señor del Alba, nuestro mediodía y nuestro ocaso, nuestro guía… hacia la perdición.</p>
<p style="text-align:justify;">Éramos como gusanos, como topos, como nuestros propios funebreros tallando en las entrañas de la Antigüedad nuestros propios panteones. Y cavamos y cavamos durante días y semanas y meses y años y eones… Como si no muriéramos. Encontrábamos oro, diamantes, jades, amatistas, topacios, y quién sabe cuántos otros metales y formaciones geológicas de las más caprichosas ¡Y en bruto, obviamente!&#8230; Pero el capataz no parecía hallar suficiente, cada vez que desenterrábamos más profundo, había más cantidad y mejor calidad y eso despertaba en nosotros cierta curiosidad ¿Qué veta acaso tiene tanta variedad y cantidad de tesoros? ¿Y si ese era el alijo de los Dioses y nosotros estábamos profanándolo? ¿Qué criatura subterránea podría disfrutar esto?</p>
<p style="text-align:justify;">- ¡Sigan cavando! ¡Más rápido! – El estallido de sus puños contra las tablas que hacían las veces de columnas, se sincronizaba con el sonido del metal penetrando el mineral y descuartizándolo, haciéndole sangrar sales y arrojándolo a su fosa, el carro minero.</p>
<p style="text-align:justify;">Hacia el tercer o cuarto mes, suponemos (No tenemos noción del tiempo) el capataz nos avisó de que el fin de nuestra búsqueda estaba cerca y bien podíamos conservar un porcentaje de las riquezas, que nos llevaríamos al final del día en un justo reparto. Eso nos incentivó y pusimos todas nuestras fuerzas y hasta nuestra vida misma… en seguir.</p>
<p style="text-align:justify;">El olor a carbón pegado en nuestras mucosas era indescriptible pero había cesado, las nuevas profundidades estaban ardientes en sus paredes y él nos advirtió que tengamos cuidado si no queríamos terminar con las manos al rojo vivo, encontramos más sulfuro, cobre, estaño, bloques salinos e incluso, cantidades exorbitantes de mercurio… y un característico hedor que me recordaba extrañamente los dolores de espalda pero no supe dilucidar qué era.</p>
<p style="text-align:justify;">- Sigan cavando, denme más y más ¡Rápido! Sigan, sigan. – La voz quejumbrosa y ronca, de borracho, profunda y grave nos impulsaba a seguir &#8211; ¡Más rápido o no volveremos a ver nunca más la luz!</p>
<p style="text-align:justify;">Comenzaron a emanar vapores de una grieta que abrimos con los picos, parecía hervor de agua, la tierra alrededor era rojiza y dura, impenetrable. “El Oso”, uno de nuestros obreros la golpeó a mazazos hasta que la misma cedió, revelando un pasaje cavado por alguna especie de gusano gigante, perfectamente cilíndrico, como un túnel o catacumba. Ingresamos pero en su interior sólo había alguna especie de carbón y algunas vetas mínimas de aguamarinas y joyas azuladas, tomamos todo pero el túnel se interrumpía apenas unos metros adelante.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¡Sigan cavando! ¡Sigan que aún no hemos llegado! ¡Sigan cavando! ¡Hasta el fondo de la tierra!</p>
<p style="text-align:justify;">Y así lo hicimos, descubrimos que el túnel apenas estaba obstruido, pero continuaba. Golpeamos y destruimos una formación gigante de azufre que al chocar contra la maza, no sólo despidió esquirlas sino también un espantoso hedor, el mismo que me recordaba los dolores de espalda y ahora reconocía… la enajenación humana que sufrí en la oscuridad me sorprendía, mis ojos eran los de una criatura de la noche, los de un noctámbulo; caminaba reclinado, casi acechando; mis oídos sentían hasta el sonido de los gusanos danzando en la tierra húmeda y mi tacto sentía hasta las capas de los minerales cortados de la forma más fina… Cada vez que el martillo caía un torrente de sangre, o lo que fuese, hervía como un río de azufre que ni Dante había imaginado y mil demonios necrófagos como los de Pickman usurpaban mi corazón haciéndolo estallar al compás de esos martillos, como tambores de guerra feroces…</p>
<p style="text-align:justify;">Y a medida que los más fuertes golpeábamos, los más cansados se reclinaban a juntar piezas de azufre para depositarlo. El capataz estaba extasiado y continuaba sus bramidos:</p>
<p style="text-align:justify;">- ¡Sigan cavando! ¡Sigan cavando! – Bramó nuevamente &#8211; ¡Cavaremos hasta el mismísimo centro del Orbe! – Su voz se tornó distante, profunda… hundida.</p>
<p style="text-align:justify;">Continuamos sin descanso. El vapor se tornó insufrible y pronto dábamos golpes a ciegas esperando que choquen contra la enorme masa de rocas, el olor a azufre y carbón fue inmenso y pronto sentimos que se le adosaba un aroma que despertó nuestros instintos… era como… ¡Carne asada!&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">- ¡SIGAN CAVANDO! – La voz era ahora completamente grave y aletargada, casi incomprensible &#8211; ¡SIGAN! ¡SOLO UN POCO MAS! – De un golpe derribamos lo que parecía ser la última obstrucción y llegamos a una caverna, con olorosos ríos de azufre fundido, humaredas negras y rojizas por doquier y piras ardientes de llamas heréticas que se elevaban hasta donde la vista no se atrevía a llegar. Volteamos hacia el encargado, esperando órdenes, pero ya nuestras miradas jamás volvieron a abrazar la suya… Y un espasmo gélido se apoderó de mi columna que se meció como relamida por la mismísima muerte…</p>
<p style="text-align:justify;">Esto no puede estar pasando, tiene que ser un mal trago, este lugar no puede ser real… es imaginario… imaginario como ésta maligna voz demoníaca, escalofriante y profunda como nacida del mismísimo Infierno que me dice al oído: “¡SIGAN CAVANDO!”</p>
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		<title>Lancero</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Aug 2010 19:09:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mauro Francisco Cáseres</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[del]]></category>
		<category><![CDATA[destino]]></category>
		<category><![CDATA[Jesus]]></category>
		<category><![CDATA[la]]></category>
		<category><![CDATA[Lanza]]></category>
		<category><![CDATA[Longinus]]></category>
		<category><![CDATA[Nazareth]]></category>
		<category><![CDATA[sagrada]]></category>

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		<description><![CDATA[Era un día como todos los demás. Las cálidas arenas quemaron mis pies, el hierro la lanza hizo su parte con mis manos, mientras el radiante sol seguramente nacido en Babilonia, me despertaba de una larga siesta. Bostecé, tomé el yelmo y cerré fuertemente los ojos para despejarme. Ladrones, ladrones y más ladrones&#8230; los sacrificios [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=lobregostiemposmedievales.wordpress.com&amp;blog=7694832&amp;post=84&amp;subd=lobregostiemposmedievales&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Era un día como todos los demás.</p>
<p style="text-align:justify;">Las cálidas arenas quemaron mis pies, el hierro la lanza hizo su parte con mis manos, mientras el radiante sol seguramente nacido en Babilonia, me despertaba de una larga siesta. Bostecé, tomé el yelmo y cerré fuertemente los ojos para despejarme.</p>
<p style="text-align:justify;">Ladrones, ladrones y más ladrones&#8230; los sacrificios y condenas ultimamente no iban bien, se me hacía hasta aburrido, la vida de un centurión no es la misma si no hay guerra ¡No fuimos hechos para limpiar estas lacras!&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Subí al monte algo extraño estaba pasando, mi capitán estaba excitado, extasiado. Noté un par de condenas raras, unas torturas que quizás nunca antes había visto&#8230; Y eso me parecía raro, creía y es más, apostaba mi cabeza, a haberlas visto todas y cada una entre mis viajes y guerras.</p>
<p style="text-align:justify;">La gente formaba un enorme corredor a ambos lados de la calle, mientras azotaban mis compañeros a uno que tenía todo el aspecto de un brujo, ¿Pero tanta congregación, para qué? Supuse que al menos, sería alguien importante para llamar más la atención que el mismísimo circo.</p>
<p style="text-align:justify;">Me quité el yelmo, peiné hacia atrás con la mano mi cabeza, volví a equiparme y puncé un rato a los ladrones que estaban atados a un poste. Los ejecuté rápido, más por curiosidad en el otro condenado, que por compasión. La lanza brilló con el mismo esplendor que los ojos de las víctimas rebozantes de lágrimas&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Me acerqué y comparecí ante el Capitán. &#8220;Esta es nuestra condena más importante, pero ninguno de mis centuriones quiere hacerse cargo de ella&#8230; cobardes&#8221;&#8230; Lo miré, le sonreí y en ese instante ambos supimos quién se encargaría. La gente le escupía la cara mientras lo clavaban en lo que sería su lecho de muerte. Tomé a mi justiciera en mano, él escupía sangre y goteaba por todos lados, el asco que le sentí me llevó a ponerme de su lado derecho, evitándome el alcance de sus fluidos.</p>
<p style="text-align:justify;">Cargué con fuerza, pero en un último segundo una angustia lóbrega se apoderó de mi y viendo su macilenta figura, la compasión inundó mi mano. El golpe fue mortal y aseguro que no sufrió, sus ojos se clavaron en los míos y mi arma, en la suya, su corazón. A medida que extraía la lanza, su cabeza comenzaba a bajar, como sus párpados&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Los hombres vitorearon, y el orgullo que me asaltó vendó mis heridas del alma en un segundo. El capitán posó su mano sobre mi hombro y murmuró &#8220;Bien, Longinus&#8230;&#8221;</p>
<p style="text-align:justify;">[A quién no entienda el cuento, busque quién fue Longinus.]</p>
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			<media:title type="html">Contrarreforma</media:title>
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		<title>Abordaje en el Maelstrom</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Jun 2010 02:42:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mauro Francisco Cáseres</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[barco]]></category>
		<category><![CDATA[capitan]]></category>
		<category><![CDATA[chtulu]]></category>
		<category><![CDATA[descenso]]></category>
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		<category><![CDATA[kraken]]></category>
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		<category><![CDATA[naufragio]]></category>
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		<description><![CDATA[El capitán Uk sonrió de la manera más perversa que hayamos podido ver en nuestras vidas, su tez nevada delineada por el refusilo de un rayo y el sonido del oleaje como puños contra el casco del Kraken abrazados al grito de los truenos, colmaron la atmósfera de una insanía intolerable. La expresión desencajada del [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=lobregostiemposmedievales.wordpress.com&amp;blog=7694832&amp;post=71&amp;subd=lobregostiemposmedievales&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">El capitán Uk sonrió de la manera más perversa que hayamos podido ver en nuestras vidas, su tez nevada delineada por el refusilo de un rayo y el sonido del oleaje como puños contra el casco del Kraken abrazados al grito de los truenos, colmaron la atmósfera de una insanía intolerable.</p>
<p style="text-align:justify;">La expresión desencajada del éxito inminente nos trajo unas seiscientas sesenta y seis razones para no querer abordar el endemoniado lugar&#8230; no había vuelta atrás y todos lo sabíamos. Las oleas azotaban el casco bañándonos con las heladas aguas escandinavas donde alguna vez habían bebido Odín y Thor, blandiendo olas bravas que nuestro jinete, el Kraken, a duras penas podía soportar sin duros balanceos.</p>
<p style="text-align:justify;">La tormenta por su parte se encargó de proteger el Maelstrom de nuestra llegada&#8230; o bien, nos protegía a nosotros de él. Los rayos que blandían los dioses partían el cielo y nuestra moral en pedazos, mientras los truenos rugían a nuestras almas erizándolas en pánico, la noche oscurecia nuestros ojos y mentes arrastrándonos a un sinfín de pensamientos incorrectos&#8230; macabros&#8230; ENFERMOS&#8230; El olor al almizcle y el aceite rebozados por la sal de la espuma helada, la sangre seca en las chaquetillas y el constante balanceo nos sacaban ya el hambre que desde hace días teníamos, no fue por asco, había algo en ese hedor a almizcle que nos llevaba a lamer en secreto, en lo más profundo de nuestra intimidad, las manchas en la chaquetilla&#8230; los ojos dilatados, la lengua seca, pegajosa y áspera, el paladar adormecido y la mente divagando en las profundidades.</p>
<p style="text-align:justify;">Ya habíamos atravesado horrores, bestias y dioses&#8230; el mar era ahora sino un vaso de agua para nosotros&#8230; las profundidades de las sirenas y Chtulu no nos quitaban el sueño y desde el suelo retorciéndonos de hambre y Plaga, nos levantábamos de nuevo pidiendo más y más. Estamos condenados y La Plaga avanza por nuestros intestinos, vino con el grano en los puertos europeos, y ahora se va con nosotros a los puertos del Valhalla a patear atrás la noche y las sombras. No podemos rendirnos, dice Uk&#8230; pero él sabe bien que no dirige esta travesía hacia el Maelstrom, más, la mismísima Muerte llegó a nuestras costas para arrastrarnos hasta este lugar abandonado por la Luz, donde el viento roe los huesos y desgarra las almas con el sonido de un periódico haciéndose jirones, donde cada sonido hace eco en la eternidad POR HORAS, un lugar&#8230; donde sea que poses la vista, distantes siluetas de ojos verdes y violetas se dibujan entre la espuma, incluso si no hay dónde pararse firmemente. La oscuridad es eterna y pensamos que es una larga noche, que ya está durando meses&#8230; En este lugar el agua lo es todo y las pocas rocas que surgen a la superficie están plagadas de minerales filosos y formas caprichosas similares a gigantes garras o fauces&#8230; Esto es el Infierno, y sin embargo, seguimos avanzando.</p>
<p style="text-align:justify;">El Maelstrom estaba ya sobre nosotros&#8230; el torbellino de agua más temible&#8230; el tornado de almas&#8230; quizás, el portal que nos llevaría al mismísimo Infierno de las Profundidades, con los señores de las aguas negras, las sirenas, y aquel en quién inspiramos el nombre de nuestro jinete de las olas&#8230; el temible Kraken.</p>
<p style="text-align:justify;">Quizás hubiesemos debido encomendarnos a Dios&#8230; Quizás a Satanael, o a aquellos patrones de estas aguas, Odin o al mismísimo Chtulu&#8230; ¿Qué más daba? ¿Quién podía pararnos?.</p>
<p style="text-align:justify;">Uk hizó las velas junto a sus oficiales mientras un incontrolable sonido de viento y agua girando y entrechocando interrumpía las órdenes. Una de las olas derribó casi a diez hombres de la popa mientras otra, con el último rezago de su ira me cortó la cara transversalmente obligándome a girar violentamente la cara.</p>
<p style="text-align:justify;">El capitán gritó ferozmente algo que no entendimos, viendo su mano señalar, giramos intuitivamente en la dirección apuntada. Nos acantonamos en la popa para ver cómo nos sumergíamos en el torbellino gigante, girando, y girando, y girando. Nos aferramos a todo lo que teníamos al alcance, teníamos que tolerarlo o sufriríamos la misma suerte que el abuelo del Capitán, Ur, y quedaríamos perdidos para siempre de la Historia.</p>
<p style="text-align:justify;">Si antes sólo podía ver oscuridad, ahora mis ojos se encontraban atrapados entre masas de agua que danzaban en círculos sin cesar, el Capitán reía alborotadamente y el resto de los hombres vitoreaban con la misma furia que los titanes enjaulados&#8230; el Ocaso de los Dioses estaba sobre nosotros y no seríamos quiénes salgan victoriosos; rayos de aquí para allá, truenos, risas y cánticos de guerra, olas saltando sobre nuestra embarcación intentando llevarnos al fondo, el torbellino no paraba, el torbellino no perdonaba, el torbellino nos devoraba.</p>
<p style="text-align:justify;">Las sirenas comenzaron a cantar iluminadas sus caras por los rayos ahora violáceos y verdes,  un enorme tubo escamado, quizás una serpiente marina gigante, se paseaba entre las paredes de nuestra celda de agua y diez mil tentáculos grasosos se elevaron en medio de la oscuridad  abrazando el firmamento, cerrándose de repente sobre nosotros y hundiéndonos en nuestra tumba cristalina. Algo me tomó por los laterales de la cara mientras me ahogaba, senti las voces más dulces cantándome en ese lugar tan cruel, y al abrir los ojos la más horripilante cara de un pez de enormes colmillos me sonrió y rugió, diez mil serpientes marinas danzaban en torno a una gigantesca con un sólo ojo y pelo renegrido, como de mujer&#8230; los dientes largos y letales se escapaban de su boca y reflejando los rayos iluminaban el fondo del mar&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">A mi lado no muy lejos, uno de mis compañeros había caído sobre una tortuga marina mientras lo devoraban una especie de sirenas hombres, descuartizándolo con la boca y sacudiendo sus pedazos&#8230; me desesperé y parecía no terminar de ahogarme nunca (Y era, en ese momento lo que más deseaba&#8230; ahogarme)&#8230; a poco encontré al Capitán nadando adrede hacia el fondo.</p>
<p style="text-align:justify;">Oscuras y abovedadas construcciones se apreciaban en el fondo, como templos de Las Profundidades ¿Qué buscaría el Capitán allí? Una silueta gigantesca de un millón de brazos, como un pulpo, pero con gigantescotorso humano, luciendo piernas fornidas, comenzó a revolverse por entre las construcciones&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Me despertó a bofetadas un oficial. Me reincorporé, estaba sobre un buque y éramos sólo 5, contando al nombrado superior, tres marinos entre los que me incluyo, y el Capitán Uk, de admirable felicidad y satisfacción reflejados en su rostro.</p>
<p style="text-align:justify;">No reconocí ni la popa, ni la proa, ni el casco ni el armamento&#8230; éste no era nuestro barco. Así tampoco reconocí el lugar, pero por la oscuridad y el frío, supuse que no habíamos ido muy lejos de dónde anteriormente habíamos estado&#8230; Me taparon con mantas y me secaron, aún estábamos mojados en demasía, habíamos naufragado y éramos los únicos supervivientes.</p>
<p style="text-align:justify;">Nos marchamos a la Sala de Mando, completamente iluminada por velas de cera nuevas, Uk levantó un libro y echó a llorar mientras lo leía. &#8220;Es el diario de mi abuelo. &#8211; Dijo &#8211; Hemos encontrado el Ragnarok, al fin hemos llegado &#8211; Sonrió llorando -  el anillo que debió haber pasado a mi padre, y luego a mi, se lo llevó mi abuelo a la tumba y ahora, volverá a nuestra familia&#8230;&#8221; &#8211; Abrió la puerta de la habitación del capitán, adyacente a la Sala de Mando, pero no había nadie. Registramos todos los camarotes, sin encontrar siquiera indicios como esqueletos, o polvo de huesos. Todo estaba ordenado y en su lugar, sin signos de violencia y mucho menos de abandono&#8230; ¿Cuántos años habrá marchado a la deriva el Ragnarok?&#8230; Unos ciento y algo quizás, contando que nuestro capitán ya estaba rozando los setenta y algo.</p>
<p style="text-align:justify;">Todos los cuartos estaban vacios y no había objeción posible. Nos reunimos en la cocina, el último cuarto sin registrar&#8230; y no, querido lector, no fue la excepción&#8230; estaba vacío. Lleno de comida, harinas en buen estado y hasta algunas plantas de especias. Pero&#8230; ¿Carne en buen estado? ¡Y sin condimentar!&#8230; ¡Pescado en buen estado! Y sin salar&#8230; ¿Frutas y verduras? ¿Sin pudrirse? Y las velas de los cuartos&#8230; eran nuevas y parecían recién encendidas&#8230; ¡Esto es una locura! ¡Si este barco ha estado naufragando desde el año 1421 y ya rozamos la primavera noruega del 1563! ¡En ningún puerto se volvió a ver al Ragnarok! ¿Cómo era posible?</p>
<p style="text-align:justify;">El capitán hechó a temblar&#8230; todos nos miramos atónitos&#8230; ¿Quién habitaba el barco? ¡Pero si no había nadie!&#8230; ¿Quién guardaba la comida y las velas y&#8212;?</p>
<p style="text-align:justify;">Un ruido a vidrio rompiéndose nos distrajo, volteamos para ver al Oficial mirando hacia sus pies, donde una taza de café se había roto derramando el contenido&#8230; y emanando vapor del suelo&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">El oficial nos miró temblando como el Kraken entre las olas y dijo: &#8220;El café&#8230; me quemó&#8230; estaba caliente&#8221;.</p>
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		<title>El Paladín</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Jun 2010 18:21:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mauro Francisco Cáseres</dc:creator>
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		<description><![CDATA[[De la nueva Colección: La Ciudad de los Muertos] Acto Primero ¿Góticas? ¿Barrocas? Nah. Las clases de arte ya no tenían ningún efecto residual en mi memoria, no podía distinguir los distintos tipos arquitectónicos ni por casualidad, realmente nunca fue lo mio. Mi arte es escribir, o bien, el arte de robar a través de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=lobregostiemposmedievales.wordpress.com&amp;blog=7694832&amp;post=62&amp;subd=lobregostiemposmedievales&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>[De la nueva Colección: La Ciudad de los Muertos]</p>
<p style="text-align:justify;"><strong><em>Acto Primero</em></strong></p>
<p style="text-align:justify;">¿Góticas? ¿Barrocas? Nah. Las clases de arte ya no tenían ningún efecto residual en mi memoria, no podía distinguir los distintos tipos arquitectónicos ni por casualidad, realmente nunca fue lo mio. Mi arte es escribir, o bien, el arte de robar a través de la escritura&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Continué mirando las bóvedas del Cementerio de la Chacarita, reconociendo algunos personajes, y siéndome presentados algunos otros, la necrópolis jamás llamó a mi morbo ni mucho menos me disgustó pero ese día en particular se manifestaba en mi cierto interés por detenerme, tomarme el tiempo que tarda fumarse un cigarrillo para mirar las placas, leerlas y pensar &#8220;¿Y vos sobreviviste a la Plaga?&#8221; o &#8220;Mirá el nicho del Ringo, qué bien cuidado que está&#8221;, &#8220;Esa empresa que dejó esta placa ya no existe más, era de las que se asentaban allá en el Riachuelo de la sangre, ¡Un matadero!&#8221; y mi asombro (capacidad que ya creía cáduca después de tantos episodios en mis 19 años) me llevó a escribir hoy, estas líneas tan porteñas, tan lejos de lo medieval (a pesar del título), tan lejos quizás hasta en la trama, porque sentí que allí convergían muchas historias: El Ringo, La Plaga, El Riachuelo, El Golpe, Los Héroes del Desierto, El Zorzal, y la que les presento ahora, El Paladín.</p>
<p style="text-align:justify;">Quizás no sea mi estilo, quizás es algo experimental, solamente, sentía que tenía que dedicarle algo a mi Buenos Aires Querido, y por supuesto a lo más bello de cada pueblo, su Historia.</p>
<p style="text-align:justify;"><strong><em>Acto Segundo</em></strong></p>
<p style="text-align:justify;">El hombre que sostuvo el paraguas del Conductor, jamás sospecharía. El Conductor, tampoco&#8230; Mucho menos el barrio de Flores y ni hablemos de Floresta. ¿Quién diría, no, que el Conductor lloraría por primera vez en público después de ese 25 de Septiembre?</p>
<p style="text-align:justify;">El del paraguas se levantó, como todas las mañanas, a su trabajo. Quizás desayunó, quizás no, los días de primavera son así, plagados de quizás. Allá afuera no muy lejos, en Floresta, las cosas se estaban agitando un poco, no era por festejos, no era por quejas, no era por reclamos ni era por casualidad&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Los colectivos, la gente, la plaza todo parecía igual, los mismos de siempre, tomando los mismos transportes, haciendo lo mismo de todos los días. De entre todos, un auto negro que era nuevo en la escena barrial, se incorporaba a la monotonía, daba las mismas vueltas, por el mismo lugar, vigilando las mismas zonas, observando los mismos movimientos barriales. ¿De dónde vendría? ¿No hay suficiente monotonía en la Capital como para venir a buscarla tan lejos?</p>
<p style="text-align:justify;">No muchos seguramente habrán podido distinguir la insignia del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que llevaba de forma sobria y discreta.</p>
<p style="text-align:justify;">Allá, por la calle Justo casi al seis mil, Gustavo bajaba unas máquinas Knittax. Era casado, con hijos, aunque muchos llegarían a creer dubitativamente sin pecar de prejuiciosos, que en el momento de hacer lo que hizo, no pensó ni recordó a su esposa ni hijos. Parece que sólo él había vuelto de su viaje a Cuba dejando atrás su raciocinio ahogado en el Caribe&#8230; ¿Qué ideas había dejado, qué ideas había traído?</p>
<p style="text-align:justify;">El mediodía del 25 de septiembre asomó sobre la calle Avellaneda al tres mil. José, o Ignacio, o el del paraguas, se disponía a salir sin siquiera pensar en la Operación.</p>
<p style="text-align:justify;">Cruza el umbral sin pensar que no salía simplemente afuera, sino que entraba en el panteón de los eternos héroes del país, como un mártir, como un trabajador, como un ejemplo.</p>
<p style="text-align:justify;">Los 23 estruendos acertaron y el cayó, para levantarse por la eternidad en la gloria argenta. Un silencio colmó el barrio, adentro de su casa sonaba la propaganda de Traviata típica del año &#8217;73.</p>
<p style="text-align:justify;">
<p style="text-align:justify;"><strong><em>Acto Tercero</em></strong></p>
<p style="text-align:justify;">Me levanté de la tumba del Paladín. Las placas ya reflejaban el sol que orillaba las paredes marcando la media tarde&#8230; Me acomodé la campera, con la expresión de quién busca decir algo en un momento de silencio incómodo. ¿Qué podía decir ante semejante situación? Nada podía brindarle el respeto que merecía.</p>
<p style="text-align:justify;">Simplemente dije &#8220;Gracias&#8221;. No necesité desearle que descanse en paz, gente como él no conoce otra cosa que la paz de quién obra bien.</p>
<p style="text-align:justify;">La necrópolis me invitaba, después de esto, a una silenciosa retirada. Toqué la placa con su nombre y abandoné la tumba de Rucci.</p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;La reconstrucción de la Patria es una tarea común para todos los argentinos, sin sectarismos ni exclusiones. La liberación será el destino común que habremos sabido conquistar, con patriotismo, sin egoísmos, abiertos mentalmente a una sociedad nueva, para una vida más justa, para un mundo mejor.&#8221;</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>Por ser defensor de la Justicia, los Trabajadores y el Órden. Al Paladín de la Unión Obrera, ¡Rucci!.<br />
</em></p>
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		<title>La Cruzada</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Nov 2009 03:18:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mauro Francisco Cáseres</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Año 1210. He aquí la crónica de cómo cayó la ciudad más importante de Francia ante la Albigense, sin siquiera levantarse en armas. Hacía un año ya el clarín no dejaba de sonar entre la frondosidad tapando el canto de los pájaros y despertando a las bestias del bosque. Poco comíamos, poco dormíamos, poco vivíamos. [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=lobregostiemposmedievales.wordpress.com&amp;blog=7694832&amp;post=26&amp;subd=lobregostiemposmedievales&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Año 1210. He aquí la crónica de cómo cayó la ciudad más importante de Francia ante la Albigense, sin siquiera levantarse en armas.</p>
<p><strong><br />
</strong></p>
<blockquote><p><em>Hacía un año ya el clarín no dejaba de sonar entre la frondosidad tapando el canto de los pájaros y despertando a las bestias del bosque. Poco comíamos, poco dormíamos, poco vivíamos.</em></p>
<p><em>De día los infieles Cátaros nos entrecruzaban en combates encarnizados, amanecíamos con sus alaridos tapando el cantar de los gallos y caer la noche nuestra única canción de cuna era el aullido de los lobos famélicos, babosos e impacientes&#8230; Al caer la tarde los estómagos rugían de forma incluso capaz de alejarlos &#8211; aseguraban.</em></p>
<p><strong><br />
</strong></p>
<p><em>Las jarras de vino agrio pasan de mano en mano en el campamento y las naciones aliadas siguen sin enviar refuerzos a estos pantanosos terrenos olvidados por Dios y Su Santidad, abandonado por la luz y oculto a cualquier explorador. Esperamos un mes la llegada de aquellos que sirviesen al de Tolosa, rezando todas las noches y suplicando llegasen a tiempo, no podemos resistir más, somos pocos para acantonar el camino y nuestro deber de bloquear las rutas se ve entorpecido por las exploraciones de los infieles (Dios en su Altísima Excelencia no nos permita nunca dejar un superviviente que alerte al resto) y las manadas de lobos que nos rodean noche a noche sin acercarse, solo rondan, rondan, como si quisieran matarnos de miedo, como si se alimentasen de la desolación de nuestros corazones.</em></p>
<p><em><br />
</em></p>
<p><em>Ya han pasado varios días, sin cátaros gracias a la Divina Providencia, pero aún con lobos en el camino. No podemos abandonar El Cruce, ni permitir que pasen por él, es una posición estratégica de suma importancia para nuestra encomienda. Los hombres, en pequeñas escuadras avanzan con arcos y mazas a las frondosidades, buscando comida con qué reabastecernos y explorando lentamente las cercanías de los caminos&#8230; Entiendo, que se nos pidió no alejarnos de él, pero un viejo bosque pantanoso y putrefacto, de fangos verdosos y azulados, no podría darnos demasiados problemas.</em></p>
<p><em><br />
</em></p>
<p><em>Los arqueros dicen haber visto un enorme oso marrón en el bosque mientras buscaban leña, hemos dispuesto pequeñas cantidades de madera todo alrededor del Cruce para alejarlo. Semejante bestia no debería sernos de poca monta, sobre todo estando tan atareados.</em></p>
<p><em><br />
</em></p>
<p><em>Han pasado 3 noches sin saber nada de los refuerzos. Nuestros estandartes están rasgados, empolvados, lúgubres a la vista, bueno, esto, en realidad la luz del sol no entra nunca en el Cruce, y creo, nunca lo ha hecho. La humedad del ambiente nos está calcinando, el fango desprende hedores a putrefacción y abandono que abanican las caras de aquellos que nos quedamos sin comida ni vino, ni armamento, ni salida, ni esperanza.</em></p>
<p><em><br />
</em></p>
<p><em>¡Aleluya! ¡Dios nos ha agraciado! ¡Hemos cazado al oso y acabamos de terminar de carnearlo! Prepararemos un festín e incluso sobrará para los refuerzos&#8230; si es que fuese de su agrado dignarse a echarnos una mano.</em></p>
<p><em><br />
</em></p>
<p><em>Hemos caído en un gravísimo error. Muchos de nuestros hombres han contraído una plaga, de seguro por la carne de ese maldito animal ¡Estaba cocida, lo juro! pero ahora de a poco comienzan a enfermar. Hemos reportado varios decesos ya y nuestras filas languidecen&#8230; Ubicamos un curso de agua en el otro extremo del punto de cacería, es pura, cae desde una montaña, la dosificamos para aliviar el malestar estomacal de nuestros infantes.</em></p>
<p><em>Vomitan, están pálidos y escupen dragones de sangre cada vez que tosen. Temo ser el último sano&#8230; ¡No es esto a lo que vine! ¡No vine a pudrirme por dentro, a ver cómo mis pústulas se revientan y me retuerzo vomitando ácido!</em></p>
<p><em>Me he decidido a no morir en estas circunstancias, uno de los exploradores en su agonía dijo conocer una ciudad al sur del Cruce, iré aunque sea arrastrándome a pedir ayuda&#8230; y ahora respetaré el parámetro de no alejarme del camino&#8230;</em></p>
<p><em><br />
</em></p>
<p><em>Caminé durante medio día y la vi. Enormes muros de concreto donde se encastraba en la mitad de su espesor, una enorme reja cerrada, de acero imponente y devastador. Parecía un enorme cuadrado impenetrable, con el lado oriental erigido sobre el mismísimo río, de manera tal que un curso constante de agua pasara por adentro del castillo, sirviendo a modo de provisión de generosas cantidades de agua natural y peces. En la puerta de filosas rejas había tres jinetes fornidos que me recibieron y al verme enfermo y lleno de protuberancias, simplemente con un gesto de desprecio dijeron &#8220;No aceptamos refugiados aquí. Nadie puede entrar o salir de la ciudad hasta que las plagas no hayan sido erradicadas del bosque&#8221;. </em></p>
<p><em>Ellos sabían que los animales estaban enfermos, y a sabiendas de todos los peligros se habían recluído en la ciudad, alejados de todo mal, lejos del ojo de la peste, lejos de los (ESTA PARTE ES ILEGIBLE)&#8230;</em></p>
<p><em><br />
</em></p>
<p><em>He vuelto al Cruce, y ya la noche me ha cazado a mi y mi única alternativa es echarme a descansar. Lamento las manchas en el folio anterior, ya he comenzado a toser sangre y a vomitar compulsivamente&#8230; Donde ahora está la mancha de sangre, la palabra faltante es &#8220;infectados&#8221;, es incluso irónico, pensar que mi misma infección además de intentar impedirme mi mandato divino, impida siquiera confesar lo sucedido en estos días&#8230; Dios actúa en formas extrañas, lo sé, pero el Innombrable es aún más extravagante cuando deja caer su látigo de tormentos.</em></p>
<p><em>Hay veces en que pienso en el oso. Era bonito el oso. Oso. Era muy grande. El oso. (NUEVAMENTE, EL RESTO ES ILEGIBLE).</em></p>
<p><em><br />
</em></p></blockquote>
<p>- Mi Capitán, es todo lo legible &#8211; dijo el soldado arrodillado, se reincorporó, miró el cuerpo del cual había extraído el diario y prosiguió -: Se nota que ha estado delirando, está todo lleno de tinta, como si no hubiese coordinado sus movimientos..</p>
<p>- Poco me interesa la tinta.. Veo que hemos llegado demasiado tarde. No sólo los ha matado por entero la plaga, sino que las moscas y gusanos están haciendo su parte&#8230; debemos limpiar El Cruce antes que Inocencio, El Santísimo plante pie aquí &#8211; se tomó el mentón y calló unos segundos - quemaros no sería nada bueno -acotó- en este pantano los árboles son tan grandes que crean una suerte de pasillo en los caminos, impidiendo con sus mañosas formas que el sol pueda penetrar en ellos&#8230; el humo nos ahogaría aún más que este espantoso olor&#8230; o incendiaríamos el camino entero&#8230;</p>
<p>- Podríamos arrojarlos al río que se menciona en el diario, Capitán. Dejarlos al aire libre seria muy peligroso &#8211; Acotó el soldado.</p>
<p>&#8211;Muy bien&#8230; ¡Batallón! ¡Cargad los cuerpos en las carretas! ¡Descartad todo el equipo de apoyo que trajimos, no os será necesario! &#8211; Acto seguido, se acató la órden del caballero y habiendo encontrado el río, arrojaron los cuerpos &#8211; ¡Caballeros! ¡Establezcamos campamento en el Cruce! Quiero una torre erigida por encima de los árboles para mañana al anochecer, y no entren en contacto con animales salvajes ni beban agua de este río, seamos precavidos y esperemos a Inocencio.</p>
<p>El coro de soldados sonó afirmativamente y se avocaron a la tarea de construcción. Las provisiones bastarían para un mes, y la nueva torre permitiría a los hidalgos controlar con antelación cualquier movimiento. Esta segunda expedición parecía más fructífera y precavida que la anterior, pero como ya se ha dicho antes, el Innombrable tiene maneras peligrosamente extrañas de percatarnos de su presencia&#8230; como enviando sus lobos noctámbulos a profanar el sueño de los cruzados.</p>
<p>Los días pasaron con lobos merodeando y hombres construyendo defensas, hasta el amanecer del quinto día, quizás&#8230; el más accidentado de todos.</p>
<p>-¡Mi Capitán! ¡Se avecinan los cátaros! ¡Y vienen con caballeros de la corona de Aragón! &#8211; Bramó el vigía desde la atalaya.</p>
<p>- ¡Oh Dios mio no! ¿Qué están haciendo ellos en este lugar? ¡Apostados! ¡Los quiero apostados! ¡Arqueros! ¡Arqueros!</p>
<p>La Defensa del Cruce estaba a punto de comenzar para evitar el paso de los infieles hacia las rutas comerciales, el capitán elevó una plegaria y suspiró interrumpido por el relinchar de los caballos.</p>
<p>-¡Nos superan en número! ¡Y tienen caballos, mi capitán! ¿Qué hacemos? &#8211; Gimoteó desesperadamente un arquero.</p>
<p>- Deberemos abandonar el camino y adentrarnos en los pantanos ¡De prisa! ¡Que nadie quede atrás! &#8211; agitó su brazo llamando a todos a la retirada.</p>
<p>El chocar de los cascos metálicos entre si en la huída alertó a todo lo que viviese en el bosque, incitándolo a perseguir instintivamente el sonido que se escabullía entre los árboles&#8230;</p>
<p>-¡Ahí están! ¡Los perros falderos de la Inquisición! &#8211; Bramó uno de los infieles, señalándolos con su espada. Sin dejar morir un segundo más, se abalanzaron en una carrera desbocada hacia ellos, hundiéndose violenta y lisiante entre gritos y fracturas. Repelieron el ataque el mayor tiempo posible a la distancia, hasta que los infieles de a pie pudieron cruzar la ciénaga.</p>
<p>La infantería luchó valientemente en nombre de la Inquisición y aquellos que murieron, lo hicieron tranquilos de saber que el Cielo lo habían ganado&#8230; Pero aquellos que sobrevivieron, debieron cargar los cuerpos de amigos y enemigos hacia el río, y despejar el camino de posibles focos infecciosos.</p>
<p>Los próximos siete días se usaron para curar a los heridos y fortalecer a los desmoralizados, el capitán con un grave esguince, limitó su jerarquía y el poder que le confiere, a ordenar descansos y la construcción de empalizadas alrededor del Cruce.</p>
<p>Pasada la semana de recuperación, y faltando poco tiempo para la llegada del Papa Inocencio, los cruzados tomaron la decisión de comandar una cacería definitiva a las bestias del bosque que noche a noche los intimidaban, y así salvaguardar los caminos para el paso de la realeza. Durante quince días se oyeron los gemidos de los lobos erizados en flechas y decapitados de un tajo, hasta que ya no se les volvió a oír ni gemir durante la cacería, ni aullar por las noches. El camino estaba limpio al fin&#8230; limpio al fin y los cuerpos de las bestias que aterraban el campamento fueron arrojados al agua, con sumos lamentos, al no poder empalarlos para demostrarles quién manda.</p>
<p>Llegó el final del mes de expedición y las provistas escaseaban, los hombres comenzaban a preocuparse y a rezar cada vez más frecuentemente, hasta que finalmente fueron oídos, y el Hombre Santo, hizo su aparición en la escena rodeado de blancos caballeros y nobles capitanes. Traía, sin articular palabra, la noticia del fin de la reyerta más grande del último tiempo, el Inmaculado había abandonado sus recintos, lo que solo podía significar el final de la refriega.</p>
<p>- Lo han hecho bien, hijos mios &#8211; Dijo Inocencio con ojos somnolientos &#8211; Lo han hecho bien.</p>
<p>- Su Santidad cree innecesario mantener estas defensas, Capitán &#8211; Dijo un jinete de los blancos corceles &#8211; marcharemos hacia el sur desde aquí hasta una ciudad portuaria, que sirvió siempre como fuerte de la Armada Real, es menester que nos acompañen.</p>
<p>La marcha se hizo corta mientras relatábamos al Papa y su escolta lo sucedido en su ausencia. Al llegar a la ciudad, un silencio sepulcral nos invadió a todos.</p>
<p>Gritamos, pateamos las rejas y llamamos reiteradas veces sin oír nada, nos asomamos y no había un mísero movimiento, parecía que el tiempo en esa ciudad se había congelado. Los hombres de blancas monturas descubrieron un desagüe por el cual el río ingresaba por las murallas a la ciudad y decidieron ingresar algunos soldados por allí. El trayecto por el tubo de desagüe era corto, y era técnicamente imposible ahogarse intentando cruzarlo.</p>
<p>El capitán y dos soldados más se aventuraron, siendo los primeros en ingresar a la ciudad.</p>
<p>- Esta es la fortaleza a la cual se referían en la bitácora &#8211; Dijo el Capitán &#8211; Busquemos que pudo haberles pasado ¿Estarán en la plaza central, en la Iglesia? &#8211; Paseó su mirada por la enorme ciudad mientras goteaba agua incesantemente.</p>
<p>- No ha pasado un mes desde que el leproso ese dijo que lo echaron, ¿En dónde pudieron haber ido en ese tiempo?</p>
<p>-Pues no lo sé &#8211; Dijo el segundo soldado &#8211; revisaré la reja, a ver si puedo abrirla desde aquí dentro.</p>
<p>- Bien pensado &#8211; Disertó el comandante &#8211; Por tu parte, recorre las casas aledañas buscando gente, yo revisaré el río.</p>
<p>Se dividieron cada uno por su camino sin miedo a separarse y enfocándose cada uno en su tarea.</p>
<p>- ¡Lo tengo! &#8211; Dijo el encargado del mecanismo del pórtico &#8211; ¡Eh tu, deja de revisar esas casas y dame una mano con esta manivela, es muy pesada! &#8211; Entre ambos, lograron girarla para que la puerta cediera, y alzara los enrejados.</p>
<p>La Junta Real ingresó satisfecha con el corto plazo en que se ejecutaron sus órdenes, los soldados por su parte, jadeando y sudando se dirigieron velozmente hasta el pozo de la ciudad a beber algo de agua. Arrojaron el balde y comenzaron a subirlo con mucho esfuerzo, como si pesara lo que un hombre.</p>
<p>Ambos reclutas quedaron mirándose atónitamente cuando el balde hubiese subido, ¿Qué estaba haciendo allí una cabeza de lobo?</p>
<p>El Capitán mató un manojo de moscas de río que se le posó en el guantelete, caminó agazapado con el agua hasta las rodillas y levantó un conocido cuerpo flotante, con misteriosas manchas de tinta en las palmas de la mano.</p>
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