Novocaína
mayo 9, 2011
Caminaba por la calle Defensa hasta llegar a la Plaza de Mayo, ese epicentro de conocimiento tan público pero impregnado de una esencia tan oculta como los caóticos que escondidos tras la oscuridad del viejo barrio de Montserrat, crean la mística que atrae a las masas hasta ese lugar, como un templo de culto, como un altar de adoración… como una plaza del caos donde todos rinden ovaciones a la ira y el desastre mientras esos que danzan en las sombras de Montserrat, esos sátiros profanos, se deleitan con el devenir de los infantes fijando las barricadas en el segundo antes de la oleada proletaria, en el segundo antes de que abandonen su escondite de edificios y bocas de subte aquellas banderas estalinistas traídas por desnutridos portaestandartes; en el segundo antes de que la sobredosis lleve a esos bárbaros de pañuelos rojos en la boca a desatar su cólera e invocar… a aquellos sátiros del viejo barrio de Montserrat.
Llegué a esas ruinas donde entre ex combatientes y palomas que me cercaban el paso haciendo juego con las barricadas de la Policía Federal, me tropezaba con mis piernas e intentaba vanamente alzar mi cabeza por entre la multitud tanto para respirar un aire más fresco, como para poder ver hasta donde llevaba la muchedumbre.
La primavera se alzaba sobre mí despertando mis alergias como cada año, celebrando su ritual de sarpullido dérmico; el calor me estaba calcinando y mi baja estatura en medio de esa multitud me jugaba una mala pasada hasta que por fin llegué a la Catedral donde el mismísimo General Don José de San Martín, descansaba eternamente coronado de glorias y victorias. Me persigné porque, a pesar de lo que pasó el 21 de noviembre pasado, no soy tan monstruo como parezco y sé en el fondo que mi medicina ni mi ciencia podrán jamás igualar la obra divina… pero además de todo, porque sé que de esa me salvó Él y sé que el Padre no es ningún idiota y se dio cuenta desde el primer momento que le estábamos mintiendo.
Por él entré a ese recinto sagrado y le hallé meditabundo entre las figuras religiosas que se elevaban por encima de cualquier capacidad artística; me acerqué, lo saludé con un apretón de manos y me invitó a sentarme. Me ofreció confesión y mal hizo al pensar que podía siquiera repetir ese suceso de forma narrativa, más, la idea de repetirlo en mi imaginación me devoraba por completo y me acorralaba en túmulos aún más lóbregos que esas viejas pensiones de San Telmo con sus persianas cerradas filtrando apenas unos rayitos de luz, envueltas en calor abrumante y olor a humedad y transpiración con nada más que un colchón de sábanas húmedas en el suelo… y aún peor. Desistí de la confesión, simplemente le pedí unos minutos de su tiempo para que podamos hablar, sabía yo que tenía una extraña afición de coleccionar pipas y le obsequié una antiquísima pieza de la más exquisita terminación. Hablamos poco y sólo le dije “Gracias… de verdad, gracias”, a lo que volvió a ofrecerme la confesión. Desistí, él y yo sabíamos que no había perdón alguno para quien desafía a Dios mismo.
Volví mis pasos y tomé la línea D de subte, el agobiante calor que escupían esos túneles foráneos al mundo de la superficie daba la impresión que llevaban al mismo Infierno, saqué la tarjeta e ingresé. Viajé sentado hasta el hermosísimo barrio de Palermo y ahí hice el trasbordo a la Línea General San Martín de ferrocarril hasta mi casa en la ciudad mimetizada, El Palomar. Por unas monedas había surcado toda la Capital y parte de la Zona Oeste en una hora y media.
A eso de las nueve me telefoneó el Padre, agradeciéndome nuevamente por la pipa y preguntándome cómo me sentía, hablamos un rato y le confesé que la idea en mi cabeza seguía aún cazándome aunque continuaba firme en mi decisión de no comentarlo.
- ¿Va a llevárselo consigo a la tumba, Dr.? – Me dijo él.
- Posiblemente, no sé, no encuentro las palabras para contarlo, no va a ser creíble, no quiero perder mi carrera por…
- Cuénteselo a usted mismo Dr., ¿No tiene un diario, una bitácora, algo? – Su tono compasivo despertó cierta ternura inusual en mí – Crea en las casualidades, que yo justo haya estado en esa Iglesia y no en la Catedral es por algo, Dios me ha enviado a curar ese mal, no todos los curas estamos autorizados a hacer lo que yo hice, requiere mucho estudio. – Y repitió – ¿No tiene una bitácora?
- Si, si la tengo – Le respondí. Y el resto de la charla es intrascendente.
Todo empezó el pasado 21 de noviembre cuando comenzamos la utilización del Paquete de Estimulación C17, una de mis últimas invenciones químicas. Nos encontrábamos en el cuarto de mi alquiler mi asistente, Sujeto y yo… cabe aclarar que Sujeto era un nombre genérico y si bien era una persona… estaba muerta.
Era un masculino de unos 40 años en la flor de la vida, murió por asfixia al inhalar monóxido de una vieja estufa, aunque nunca entendí para qué la habría usado en primavera. Era alto y corpulento y estaba en un buen estado general, excelente a mi criterio, fresco y listo para la experimentación.
Recordé a cada momento aquella historia de Herbert West, el reanimador y su premisa de la frescura máxima de los cuerpos como necesidad primordial para la reanimación y basándome en lo que parecía un relato fantástico de Howard, creé un teorema que llevaba las fronteras que separan los campos de la vida de los desiertos de la muerte, hasta un punto donde era infranqueable.
Lo habíamos quitado del congelador meticulosamente regulado y lo depositamos con hielo seco y baños amoníacos en la bañera para el derretimiento de las posibles formaciones sólidas. Tras unos minutos lo retiramos y acomodamos sobre la mesa de la cocina aprovechando la soledad del lugar y la tranquilidad de la tarde en El Palomar, estiramos sus extremidades perturbadoramente rígidas e higienizamos nuevamente su palidez con alcoholes. Nos ubicamos uno a cada lado de la mesa y le suministramos una jeringuilla de C17, pero al cabo de unos 3 minutos no surtía efecto. Probamos otra del doble de dosis en microgramos, pero quedó inmutable.
Apreté los dientes y los desgasté cual bruxismo, sentí una incontrolable ira y eché una mirada de soslayo a mi asistente para encontrar en sus ojos la mirada más preocupada que pudo esbozar. Tomé decidido una tercera jeringuilla pero apenas lo hube pinchado con toda la furia, sentí su músculo imperceptible pero violentamente contraerse por una fracción de segundo.
- ¡Lo tengo! – Grité – ¡Murió por asfixia! ¡Me olvidaba! – Tomé el botiquín que guardaba debajo de la mesa para la ocasión y extraje una ampolla de teofilina. La suministré seguida por dos dosis de adrenalina y una última dosis cuádruple del C17, asumiendo por pérdidas las otras dos equivalentes a tres (La primera dosis, y la segunda doble). No pasó tiempo hasta que frunció el entrecejo y parecía hacer fuerza para cerrar sus párpados más aún de lo que estaban, gesticulaba rápidamente con sus labios y su cabeza daba leves, pero cortos y rápidos cabezazos hacia la izquierda.
Su pecho convulsionaba y de pronto ¡Abrió de par en par sus mandíbulas agitando la lengua con suma violencia! No emitía voz alguna pero podíamos oír los ruidos a gárgaras, esos sonidos guturales, salivares, y el audible por demás sonido de su lengua entrechocando con el paladar y la saliva acumulada en la garganta. Recuperaba su color sonrojado lentamente y cuando quise acercarme me alejó de un manotazo rígido sin doblar la articulación del codo con una fuerza demoníaca, sobrenatural. Mi asistente intentó tomarlo por las piernas pero vio que fue inútil, parecía no moverse de la cintura hacia abajo. Quiso montarlo para retenerlo pero sus brazos firmes como torres eran inquebrantables y continuaba ahogándose y revolviéndose y emitiendo esos estrepitosos ruidos a gargajos y ahogo que inundaron la cocina convirtiéndola en un real pandemonio.
Me encontré tirado contra la mesada viendo como mi asistente se agarraba su nariz recién rota.
- ¡Se está tragando la lengua! – Gritó – ¡Va a morirse si no hacemos algo rápido Dr.!
- ¡Ya sé! ¡Ya sé! – Miré para todos lados, tomé un florero y se lo asesté en la cabeza pero no parecía sentir dolor alguno, o bien, parecía estar eternamente sufriendo ese ahogo del que no nos permitía sacarlo – ¡Está haciendo un lío importante! ¡Hizo mucho ruido! – Teníamos que gritar para escucharnos, el ruido del ahogado era todavía fatal y estaba acompañado por los golpes que sus brazos firmes daban sobre la mesa – ¡Hay que pararlo o le parto una silla en el lomo! ¡Novocaína, novocaína! – Tomé del botiquín dicho calmante en spray y lo rocié con total violencia sobre la boca para adormecerlo, vaciándole más de medio frasco, pero no parecía afectarle.
Quise darle en la cabeza con una olla que encontré pero de un manotazo con titánica cólera y aún recostado, la desvió contra la ventana de la cocina que estalló en pedazos dando paso libre a la olla hacia la calle desde nuestro primer piso.
- ¡Ahora estamos jugados! ¡Tenemos que hacer algo rápido! – Le dije.
- ¡Busque velas! ¡Hágame caso busque velas y estampitas! – Me gritó.
- ¿Para qué carajo queremos velas y eso? – Me enfureció su comentario ignorante, pero luego descubrí que era más inteligente aún de lo que me esperaba.
- ¡Búsquelas y vamos a salvarnos de esto! ¡Haga lo que yo le digo! ¡Es eso o utilizar el revólver y créame que la policía ya está alertada de seguro, no la embarre más Dr.! Busque eso y ponga todo en la mesa con el cuerpo, ¡Póngalas por todos lados mejor, por todos los rincones! ¡Ah! ¡Y quítese el ambo médico!
Empecé a buscar las velas y estampas mientras él se colocaba un papel servilleta en la nariz sangrante aún y se dirigía a la puerta.
- ¿A dónde mierda te vas?
- No voy a abandonarlo Dr., usted sabe que no, por favor confíe en mí.
Regresó en diez o quince minutos con un cura, el mismo al que le regalé la pipa hoy. Se encontraron con la escena del cadáver viviente con su boca rebalsando babas y mocos ya sin movimientos (Por la anestesia) y arrojando manotazos a diestra y siniestra en un ambiente plagado de velas y sahumerios y estampitas. Corrió hacia la mesa con su crucifijo en mano y noté una agitación macabra en él, aunque siendo sincero, nada me producía más felicidad que haber visto la solución al problema y no haber sido abandonado por mi compañero.
Comenzó a hablarle en lenguas, en griego, en latín y no sé qué más, lo roció con agua bendita y hasta leyó fragmentos de la Biblia… pero no funcionaba. Algo pareció detenerlo cuando el Padre repitió el Salmo de David, pero más que sus palabras y su himno de esperanza le atribuyo el suceso al ahogo producido por la sobredosis de C17 y novocaína que le durmió completamente la cavidad maxilar y sus órganos, errores naturales al fin, al ser mi primer paciente… … “muerto”.
El párroco suspiró exhausto y volteó a sus espaldas para mirarnos.
- Hijos… se fue con Dios.
- No… – Dije disimuladamente – No puede ser…
- Por Dios… – Exclamó mi asistente meneando la cabeza de lado a lado.
- Llevo muchos exorcismos y esto es algo… común. Está… en un… lugar mejor – Dijo mirando analíticamente el cadáver que recobraba en segundos su palidez y rigidez inicial. Cuando me acerqué y levanté desde la nuca su cabeza, una catarata pegajosa brotó de su boca y nariz y el sacerdote asqueado se desmayó. Para cuando despertó la escena había desaparecido y un relato de cómo los forenses se llevaron el cuerpo lo convenció.
Nada se comentó del exorcismo y la policía jamás apareció, como dije, El Palomar es demasiado tranquilo. A veces jugar a ser Dios termina haciéndonos jugar con los demonios. Eso es todo, querido diario.
23 – 9 – 2010
Dr. Darion Sieg.
octubre 22, 2011 a las 2:37 pm
volviste!!! bueno siempre me hare un tiempo para leer cosas tuyas.. me gusto..desde tu nuevo punto de vista profesional jeje..muy creativo. Antes me sorprendia tu edad de escritor..ahora es pura creatividad y calidad. Me deleito.