Ícono del Pecado
mayo 9, 2011
- Son los últimos diez mil pesos, Sieg – Le dijo el de traje.
- Estamos a mano entónces… Valió la pena – Intentó meter algunos billetes en una riñonera, otros en la billetera pero fue imposible doblarla luego para guardarla… sacó el dinero, sacudió la billetera boca abajo dejando caer papelitos y anotaciones, entre algunas tarjetas de presentación.
- Sieggy, se te cayó esto – El de traje le alcanzó una estampita de San Jorge.
- Tengo tantos billetes que no tengo más espacio para una estampita – Esbozó una sonrisa entre esos ojos profundos, tristes por demás.
El silencio era apenas invadido por el viento surcando las ramas quemadas, cabalgado por cenizas y polvo. El cielo ardía escarlata y las columnas de humo lo sostenían como si fuese a caerse en pedazos rompiéndose como vidrio viejo…
Sieg miró el entorno a su alrededor mientras el de traje subía al helicóptero. Le había preguntado si estaba seguro de quedarse ahí, y él sólo asintió levemente… realmente esa desolación no aparentaba peligro alguno.
Caminó por esa plaza incendiada al igual que toda la ciudad y todas las esperanzas, miró a su alrededor, lo que no había muerto o quemado simplemente no había existido antes… no había nadie que se haya salvado, tan sólo ellos dos.
Acarició su riñonera e introduciendo la mano en los bolsillos tanteó la billetera, realmente era mucho más de lo que alguna vez había visto, sin contar lo que aún esperaba en su departamento. Continuó bajando la calle unas cuantas cuadras, las pilas de cadáveres ardiendo eran faroles en cada esquina, las barricadas tumbadas de la policía y las improvisadas con muebles, no eran ahora más que leña para esta hoguera infernal.
- No tenía ni 5 años – mencionó al agacharse y tocar el cuerpo de una nena. Meneó la cabeza negando… quién sabe qué.
Al poco caminar salió de la zona del Congreso y llegó a Plaza de Mayo, donde toda esta historia había nacido… se sentó en la fuente y miró hacia la Catedral donde aquel párroco lo había auxiliado. Sacó la petaca de su abrigo, hacía frío realmente, y le dio un trago largo a ese extracto de papa.
- ¿Y vos? – Miró un cuerpo echado a la fuente, espasmódico – Podrías haber sido médico, como yo, abogado, ingeniero… No, no en este país. Las cosas están mejor así, sin vos y conmigo.
Se levantó, la plaza estaba vallada a medias y las columnas de cadáveres incendiados lucían ahora borcegos, cascos y elementos de disuasión para disturbios urbanos. Se agachó y tomó una plaquita de la PFA, la miró, le gustó, la guardó y continuó. Acercándose a la Casa Rosada, completamente escrachada con mensajes apocalípticos y de índole política, apedreada y sin ventana sana, se detuvo. Un estruendo ensordecedor lo apabulló.
Volteó justo para ver como caían los pedazos de la pirámide de Mayo destruyendo con cada impacto el suelo alrededor. Las palomas abandonaron la plaza de forma urgente oscureciendo aún más el cielo teñido de sangre y sombras… Las palomas suelen abandonar las estancias que ocupan ante un estruendo tan notable.
Llegó a Puerto Madero, las pilas de cadáveres eran poco comparado con los cuerpos flotantes que entrechocaban constantemente, una y otra vez en ese río amarronado. Vísceras y sangre y podredumbre; manos, cabezas y más fluídos… el panorama era espantoso, sobre los pocos claros de agua turbia sin restos flotantes, se reflejaba el cielo vestido en ascuas, para no dejar descanso a la vista apocalíptica de ese Río Estigia.
Volvió ciudad arriba topándose con el Ministerio de Economía donde alguna vez trabajó, las puertas blindadas habían cedido y ya había escuchado esa historia: Se habían acantonado adentro junto al DOUCAD y algo de Infantería Policial, pero no pudieron escapar del mal que les esperaba, ni volver a salir…
Se dirigió hacia Lavalle y Florida, viendo cómo el paseo comercial se había transformado en el corredor de la Muerte: Muertos en las vidrieras, muertos entre los maniquíes, muertos en las calles y en los contenedores, muertos en todas partes… Las moscas bailaban una danza de desidia alrededor de su cara, se posaban insistentemente sobre su bigote y frente, quizás confundiéndolos con uno de ellos.
Llegó a la estación del San Martín, ese viejo tren hecho añicos que nunca anduvo en tiempo y forma. Recordó El Palomar, y esas huestes de valientes que escupían el Colegio y la Base Aérea, dispuestos a repeler al mismísimo Portador de la Guadaña… aquellos que murieron destrozados por esas criaturas infecciosas traídas de un mundo que de conocerlo, nadie puede contar.
Una de las vigas de la estación se desplomó. Tanto las palomas (únicos habitantes de este nuevo mundo) de la viga como las que merodeaban la estación, levantaron vuelo violento alejándose del recinto. Las palomas suelen abandonar las estancias que ocupan ante un estruendo tan notable.
Tras horas de caminatas nostálgicas llegó a su edificio. Él mismo se había encargado de elegirlo y limpiarlo minuciosamente para no dejar residuos de infección. Tomó un baño, se frotó con lavandina y amoníaco para pisos, talló sus manos enfatizando la higiene de sus uñas y se vistió. Llegó a su cajonera, tomó el bolso con parte del pago, la mochila con suministros y la otra parte del trato, su pistola y se asomó al balcón. Observó por última vez ese desastre que él y tan sólo él, había causado con tan sólo unas moléculas.
Se sentó sobre su cama y reflexionó. Recordó esos muertos andantes que había levantado, esa gente gritando ante las mordidas, refugiándose tras puertas que tarde o temprano cederían desde fuera a los golpes, o desde adentro a las infecciones por las heces y vómitos de los habitantes faltos de higiene… Le recordaba esas trincheras de la Segunda Guerra Mundial… esa insalubridad era bélica, no era normal.
La imágen de la nena abrazada a su muñeca, ambas incineradas, pareció hacerle hincapié en su conciencia.
Desde afuera no había ya movimiento y las palomas invadían cada uno de los balcones del barrio. Pronto, ante un estruendo como el de un disparo, todas huyeron. Las palomas suelen abandonar las estancias que ocupan ante un estruendo tan notable.
mayo 9, 2011 a las 4:58 pm
Me encantó! en cuanto pueda voy a leer los demás capítulos, tiene cierta inspiración en tu vida también. Te quiero mucho Borgesito.
octubre 29, 2011 a las 8:52 pm
no dejas de sorprenderme. Observas cosas inobservables para muchos por su cotidianeidad e imaginas lo inimaginable. O quizas te adelantas al tiempo…quien sabe…